jueves, 30 de julio de 2015

Lo que ninguna droga puede curar‏

¡Amigos míos! Me siento muy cansado. Ha sido un esfuerzo tremendo escribir durante estos últimos meses. Sobre estos papeles he dejado mi ‎alma abierta de par en par; me he expuesto como nunca lo hice antes, he salido de mi corazón de piedra sin protección. Pero ya está bien. Es el momento de dejarlo.

‎He intentado expresar con palabras todo lo que he sido. Ya lo habréis leído. Un creyente que ha incumplido todos los mandamientos. Un policía que ha cometido los más abominables delitos, incluido el asesinato. Un amante que no ha sabido demostrar su amor y que se odia a si mismo.‎ Y de todo ello me arrepiento, no sabéis en qué medida.

Las drogas me han curado el dolor, el insomnio, los vómitos y hasta la depresión. Pero no existe ninguna que pueda curarme el remordimiento de todo lo que he hecho en esta vida. Y creedme; soy un experto en ellas. Me arrepiento de no haber disfrutado mis días de juventud, de haber desaprovechado las oportunidades de ser feliz, de no haber valorado todo lo bueno que he tenido, de no haber conservado a mi lado a las personas que me amaron. Y ese arrepentimiento es poderoso y se alimenta de la desazón y la frustración de haber sido como fui. Con ese sentimiento moriré. Será pronto.‎


Pero después, naceré otra vez. Y cuando lo haga, el recuerdo inconsciente de este remordimiento me servirá entonces, así lo creo, para ser de otra manera. Este aprendizaje me salvará. Al menos, tengo esa esperanza.

sábado, 20 de junio de 2015

Quince cosas que sentir antes de caer muerto (y 3)

Hasta ahora había conseguido reunir diez. Ahí van las últimas cinco cosas que completan la lista.

11. Dejar atrás mi eterno arrepentimiento. 
Cada mañana en la ducha, durante los últimos años, me insultaba y maldecía mil veces antes de cerrar el grifo. Al repasar los acontecimientos del día anterior, siempre encontraba algún mal gesto que reprocharme, alguna mala palabra de la que arrepentirme o alguna metedura de pata de la que aprender. Un remordimiento finalmente sin enmienda, pues al día siguiente siempre repetía las mismas impertinencias, para más tarde, bajo la ducha, volver a lamentarme.
12. Recordar mi historia real y olvidar la que sobre mí me conté a mí mismo. 
Mientras con la toalla secaba mi cuerpo, retiraba de mi pensamiento toda sombra de culpa. "Aprendí de mi padre, que hacía lo mismo; yo no soy responsable, pues obro cómo él". Siempre me inculcaba mensajes cómo estos, secando así también mi conciencia. Eso es lo que entonces quise creer, pero hoy sé que es falso. ¡Cómo pude culpar a mi padre! Una persona que apenas conocí, con quien no convivi más que unos pocos años; quien no tuvo tiempo de enseñarme nada. Es cierto que vi su lado peor, pero la persona que soy ahora ha recibido influencias más notorias. Y, sobre todo, yo mismo elegí ser como soy. ¡Qué fácil fue siempre inventarme una excusa para evitar la responsabilidad de mis actos!
13. Poder romper la piedra que encierra mi corazón. 
Una vez perfumado con mis miserias y revestido de mi corazón de piedra, salía a la calle. Una coraza invisible, pero irrompible e impermeable, me mantenía bien protegido. Esto me aislaba de mi entorno, pero me mantenía a salvo del dolor. Soy consciente de haber perdido la amistad de personas maravillosas, que realmente valían la pena, por ello. Pero mi corazón no podía alcanzarlos. 
14. Valorar más el esfuerzo realizado y menos la satisfacción de los resultados. 
"Si el resultado no es satisfactorio, todo el trabajo es un fracaso". Esto también lo adopté como uno de mis principios. Así me juzgaron en mi juventud y así valoraba el esfuerzo mío y el de los demás. Entender que todo fracaso es un aprendizaje para el próximo éxito fue imposible para mí. Y ahora ya es tarde. 
15. Mirar a los ojos de la gente mientras hablo de mis sentimientos.
Nadie me habló de sus sentimientos, ni siquiera mi madre, que siempre ocultó a todos tanto su cariño como su sufrimiento. Hasta que ‎conocí a Rachel. Entonces me sentí confundido. No entendía lo que me quería decir en aquellos momentos de intimidad. Más tarde, intenté abrirme a ella pero con apuro y vergüenza. En mi torpeza, la herí y la asusté. No supe expresarle cuánto la amaba mientras la miraba a los ojos. 
‎Así ha transcurrido mi miserable vida: arrepentido de mis actos, culpando de ellos a los demás, protegido de los sentimientos propios y ajenos, encadenando fracasos sin aprender de ellos, bajando la cabeza por vergüenza ante los demás.





jueves, 4 de junio de 2015

Quince cosas que sentir antes de caer muerto (2)

Voy a continuar con la lista. Ya tenía 5 cosas. Las siguientes están relacionadas con mis recuerdos sobre una mañana de verano en la costa este, que me gustaría revivir.

6. Pisar descalzo la hierba húmeda por el rocío.
Justo unos minutos antes de salir el sol, es el mejor momento para levantarse de la cama y salir al jardín. La hierba alta se balancea bajo una suave brisa fresca, cubierta por las perlas transparentes del rocío. En ella hundo mis pies descalzos y siento su agradable humedad. Me oriento y camino hacia el este. A cada paso, la tierra esparce su fresco aroma que me da la vida. Llego a la valla y me apoyo sobre ella. Me dispongo a ver amanecer. 
7. Mirar ese efímero tono verde del cielo justo antes del amanecer.
Siempre hay una hilera de nubes sobre el mar que difuminan la visión del sol emergiendo a la superficie. Y justo antes de hacerlo, entre el azul de la noche y el rojo del horizonte, se extiende sobre el cielo una relajante franja de color verde pálido. Dura poco, apenas unos minutos, durante los cuales el mundo parece detenerse. Para mí, la paz es de ese color. 
8. Nadar desnudo en un mar en calma.
El sol ya está unos minutos sobre el horizonte y empieza a calentar el ambiente. Un sofocante bochorno pronto consigue ahogar la fresca brisa reinante. Cruzo la valla de mi jardín y salto a la playa. El mar está casi en calma. Unas suaves olas rompen apenas sobre la arena en ligero vaivén. Ignorando a los que pasean por la orilla a estas horas de la mañana, me quito la ropa y entro en el mar. Nado con fuerza para contrarrestar el primer escalofrío. Luego me estiro, cierro los ojos y me dejo mecer por las olas. Calma y quietud invaden mi alma. 
9. Reencontrar a mi primer amor.
Salgo del agua y me quedo de pie, dejando que el calor del sol seque mi piel. El ruido de las olas lamiendo la orilla es una de mis músicas favoritas. Abro los ojos y veo una chica acercarse por mi izquierda. Su silueta, recortada contra la claridad del cielo y la arena, me resulta familiar, tanto, que me quedo quieto en lugar de coger mi ropa y marcharme. Cuando se encuentra a tan sólo unos pasos, se detiene y la reconozco perfectamente a pesar de no haberla visto en 7 años. Un estremecimiento recorre todo mi cuerpo. No me atrevo a hablarle ni a tocarla, aunque el deseo de abrazarla y de no volverla a soltar nunca más es irrefrenable. Dicen quienes descubrieron el amor verdadero que el reencuentro con la persona amada es especial. Los años transcurridos desde la separación desaparecen en un instante, como si no hubieran transcurrido. Y, de repente, ambos se sienten transportados a aquel día en que aún estaban juntos, olvidando lo vivido después. Os puedo certificar que esto es cierto. 
10. Volver a ver el brillo de sus ojos un segundo antes de su primer beso.
Esa mirada, ese deseo, esa atracción, ese cosquilleo y esa mezcla de sensaciones, justo cuando el primer beso está a punto de estallar, son difíciles de repetir. Su imagen en aquel instante quedó hace tiempo congelada en mi memoria. Durante los 5 primeros años, cada día, al despertar, aquél fue mi primer pensamiento. Comenzaba cada día con aquella imagen. Pero un día, de repente, cayó en el olvido. Se había roto en mil pedazos, cada uno de los cuales vaga ahora por un lugar de mi mente y ninguno me habla ya.

Lástima que no pueda volver a ocurrir nada de aquello. En esta luna perdida donde vivo y de donde no puedo salir siempre es invierno, no crece el césped, no ruge el mar, no calienta el sol y todo es gris. Mi primer amor está a millones de kilómetros y ni todos los caballos del rey, ni todos sus hombres, podrían reunirnos de nuevo. Por eso ya no podré revivir ninguna de estas sensaciones. Si alguna vez las sentí, sólo son ahora pedazos de mi vida que ya no se pueden recomponer.

sábado, 9 de mayo de 2015

Quince cosas que sentir antes de caer muerto (1)

Caeré muerto dentro de nada. Es inevitable. Y echo tantas cosas de menos... He hecho una lista de las que haría de nuevo. Son las aquéllas cuyo recuerdo me inspira el deseo de volver a sentir aquella sensación. ¿Cuántas de ellas podré hacer antes del final?

  1. Hojear un libro recién comprado.
    Si es nuevo, sus páginas se quiebran, se despegan unas de otras por primera vez; dejan escapar un suave susurro de tambor recién acariciado, un sutil aroma a tinta y a pasta de papel; muestran por primera vez su busilis, su secreto, su esencia. Si es usado, nos reta a averiguar quién fue su dueño, dónde fue guardado, cuál fue la página más leída, a través del tacto, el olfato, la vista. Desafortunadamente, ya casi no quedan libros en venta. Y los que quedan son muy codiciados y caros.
  2. Volver a ‎‎‎escuchar una vieja canción ya olvidada.
    Aún recuerdo lo que sentí un día al sonar "The Look of Love" de ABC, un viejo éxito de mi adolescencia, que no había vuelto a escuchar desde hace ya 40 años. Reviví olores, imágenes, caricias, desengaños, errores y aciertos durante esos 3 minutos. Quizá otros sentimientos olvidados pudieran volver a través de las notas de algún otro tema de entonces que ya no recuerdo.
  3. Despertar con el aroma a café recién hecho.
    No hay sensación más agradable después de despertar que oler a café recién hecho. Aunque haya pasado una mala noche, ese aroma me reconforta. He pedido a mi enfermera que busque café. Cada mañana amanezco con ese deseo.
  4. ‎Abrazar a aquella persona a quien nunca pude perdonar.
    De cuantas cosas me arrepiento, la que más dolor me produce es no haber perdonado nunca a Iran. Me gustaría volver a verla y abrazarla con todas mis fuerzas. Pero eso es imposible, ella no sabe dónde estoy y no sé cómo localizarla. Ojalá algún día lea esto y entienda que la quise con toda mi alma y que la quiero todavía. A pesar de todo. Iran: ¿serás capaz de perdonarme tú a mí?
  5. Aprender a improvisar más y a planificar menos.
    Uno de mis fallos más recurrentes ha sido intentar planificar cada uno de los aspectos de mi vida. El control de todo se convirtió en mi obsesión. Así fue como viví ofuscado con ideas preconcebidas, manías innegociables y planes utópicos. Fui un obstinado y amargué a los que estaban a mi alrededor cada vez que las cosas no salían a satisfacción mía. Estos últimos días, disfruto de la improvisación. He conseguido disminuir el estrés en mi vida y saboreo las sorpresas que me trae lo inesperado.

domingo, 19 de abril de 2015

Puedo ser como soy porque no puedo ser otro

Puedo ser triste y solitario, independiente y apático, aburrido y distraído. Puedo mostrarme desagradable y mezquino.  Puedo resultar antipático, interesado, egoísta y odioso. Puede parecer que voy a la mía, que carezco de las más elementales habilidades sociales, que huyo de la compañía de las personas. Podría incluso recluirme en mi apartamento y no volver a salir ni ver a nadie durante días.

Es fácil que provoque rechazo, malestar y desprecio en la gente. Es probable que no sea capaz de volver a mantener una relación con alguien. Puedo ser explosivo, borde, histriónico. Puedo caer en la más profunda de las tristezas y no salir de ella durante semanas. Puedo callar, chillar y vociferar a cualquiera; arrugar, romper y echar a perder cosas buenas; fanfarronear, molestar y después desaparecer.

Puedo entender que Rachel me dejara, que no soportara mi presencia, mi egoísmo y mis malos modos. Ella se mereció en todo momento ser adorada y respetada. Nunca hubo razón para no ser bueno con ella. Pero, por aquel entonces, yo ya procrastinaba. Nunca supe cómo hablarle, rara vez me sintió a su lado, apenas fui amable con ella. Pero no puedo dejar de necesitarla, de extrañar su presencia, de desear su compañía. Si pudiera contactar con ella le diría: "A pesar de todo, de ser como soy, de haberte tratado mal, de haberte echado de mi lado, te amo. Perdóname y vuelve conmigo". Eso le diría. Puede parecer una contradicción, entre lo que siento por ella y el trato que le dispensé, pero así es la vida de extraña. Ella está ahora a millones de kilómetros.


Ya no tengo casi tiempo que gastar y el poco que me queda, qué lástima, lo pasaré echándola de menos. No fue esto lo que quise para mí, pero a veces la vida te niega lo que quieres. Aunque sé que lo merezco por todo el mal que hice.

Ahora, Rachel estará con otro que la mime, que la lleve en volandas, que le diga lo que necesita oír a cada momento, que la abrace cuando lo necesite, que se quede a su lado callado cuando se encuentre mal. Si es así, si es eso lo que quiere, estoy seguro de una cosa: no estará junto a la persona que más la ama. Ojalá pudiera volver a verla, a escucharla, a sentirla. Quisiera poder pedir de nuevo su perdón, como tantas veces obtuve aun sin mérito. Y empezar otra vez. Si pudiera ser, cambiaría tantas cosas... Esta vez sí que sería distinto. Sé que ya no es posible, pero lo deseo.

Soy Deckard, otra vez.
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sábado, 14 de marzo de 2015

Procrastinación o cómo ser totalmente ineficaz a pesar de estar siempre ocupado

Cuando hablo de Oberón, tal vez pensaréis que la vida en esta luna está perfectamente organizada y controlada. Pudiera parecer que, al construir desde cero una nueva sociedad, como así ha sido en las colonias exteriores, es más fácil establecer un orden justo para todos y crecer siguiéndolo. Para reforzar esta percepción, argumentaríais que, al igual que las nuevas infraestructuras suelen ser más seguras y fiables, también lo deberían ser las nuevas instituciones que administran y gobiernan una población recién instalada. Intentaríais después convencerme de que las relaciones entre los grupos y entre las personas mismas, tendrían que ser fluidas y respetuosas, ya que un test psicológico determinó la idoneidad de todos y cada uno de los colonos durante un proceso selectivo previo. Quizá fuera así al principio. Pero actualmente nada queda de eso.  




La vida en las 
colonias exteriores ha servido para demostrar que una nueva sociedad adolece al cabo del tiempo de todos los defectos de las más maduras. Así es la especie humana. En el momento en que un individuo o grupo se erige en clase dirigente, aparecen las insidias, las luchas de poder, los abusos contra los más débiles y la corrupción. Las estructuras de gobierno que se crearon en Oberón, todas, sin excepción, están desde hace años dirigidas por ineptos, personas cuyo mayor mérito fue haber hecho algún favor a alguien poderoso. Y el más poderoso de todos, aquel que se hace llamar Goodfellow, es quien decide los nombramientos de los dirigentes. Y más que eso, él lo decide todo: quién trabajará la próxima semana y quién no, cuánto van a cobrar los trabajadores, quién cumple o no la ley, incluso qué leyes están en vigor. No es jefe de estado, ni primer ministro, ni legislador, ni juez, ni siquiera alcalde. No le hace falta, pues en estos puestos tiene colocada gente fiel. Desde hace años, dirige las colonias con mano de hierro desde su puesto: director de las explotaciones mineras.

En esta cadena de favores y fidelidades, toda la jerarquía política sabe que quien manda es Goodfellow. Cada cual conoce porqué está en su puesto y, lo más importante, qué tiene que hacer para permanecer en él: únicamente seguir las instrucciones. El resto de obligaciones que conlleva el cargo, cuando no sea una orden expresa de un superior, sencillamente no se lleva a cabo. Así ha sido cómo se ha instalado en esta sociedad la procrastinación: esa lacra que bloquea y paraliza una organización; que le impide avanzar y prosperar, aunque cada uno de sus miembros se mantenga atareado todo el tiempo.

Hace muchos años que se dejaron de cumplir las más elementales obligaciones para con las personas, como el mantenimiento de los servicios públicos o las ayudas sociales. Cada uno en su puesto y a su nivel evita 
las funciones propias de su cargo; obligaciones complicadas e incómodas, pero imprescindibles para el bienestar de la sociedad. Mientras tanto, se emplea el tiempo en multitud de tareas previsibles, sencillas e incluso agradables de realizar, muchas ordenadas por los superiores y otras inventadas, que ocupan todo el tiempo. Efectivamente, este mal tiene esa característica que lo hace difícil de corregir. Todos se encuentran tan ocupados que no tienen tiempo de dedicarse a otra cosa, llegando incluso al colapso. Y es precisamente la falta de tiempo la principal excusa que todos esgrimen por no llevar a cabo sus funciones. Este es a posteriori el consuelo general. Y es contagioso y crece de forma exponencial, capilarizándose a todos los niveles de la sociedad.

A mí también me ha pasado. Ves cómo los demás lo hacen y te sale sin darte cuenta. Una vez que procrastinas alguna de tus tareas importantes, por otras menos relevantes pero de alguna manera más satisfactorias y de cuya urgencia tú mismo te convences, ya no puedes parar. Llegas a confundir inmediatez con apremio, relegas lo importante al olvido y obvias el objetivo del proyecto que comenzaste. De este modo, cada individuo se mantiene ocupado, pero el grupo se torna completamente ineficaz. Tenemos así trabajadores saturados de trabajo en una organización inoperante. Y quienes pagan esta dejadez de funciones son siempre las personas a las que deberíamos servir.

Soy Deckard, otra vez.
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sábado, 14 de febrero de 2015

Sueños de un pasado diferente

Cada mañana me levanto más cansado que cuando me acosté. Me miro en el espejo y veo una cara arrugada y ojerosa que ya no reconozco. Salgo de casa y subo al tubular, el transporte subterráneo que me lleva hasta "La Factoría", la fábrica de procesamiento de tantalio más importante de Oberón. Allí es donde trabajo. Durante 12 tediosas horas, controlo si la producción sale en la cantidad y el tiempo previstos, medio en los conflictos, la mayoría de ellos personales, y vigilo las zonas sensibles de seguridad. Transcurrida la jornada, entro de nuevo en el tubular para volver a casa. Así son para mí los 6 días de la semana laboral.

Tras el trabajo, mis compañeros se quedan en la cantina. Yo ya no me puedo permitir esos afterworks; la medicación que tomo es incompatible con el alcohol. Si tuviera una recaída, si mis superiores sospecharan siquiera que estoy enfermo, perdería el trabajo inmediatamente. Tampoco puedo ir al médico, por el mismo motivo. Consigo las medicinas que diariamente tomo a un precio razonable en "El Inframundo". Suelo visitar ese lugar en mi día de descanso. Se trata de minas abandonadas donde se esconden los proscritos, los perseguidos por la ley, en su mayoría replicantes. Algunos de ellos, modelos programados para la atención médica, son quienes tratan mi enfermedad.



Sí, así es. Hace unos años los perseguía hasta aniquilarlos; los busco ahora porque necesito sus conocimientos. Preciso de sus remedios para paliar el insoportable dolor, para disimular ante mis conocidos y para poder aguantar una semana más, un mes más. Yo, que los he asesinado a decenas, vivo ahora gracias a sus atenciones. Y aún no les he perdido perdón por lo que hice a sus congéneres. No me atrevo a revelar lo que fui en otro tiempo.

Las drogas me mantienen vivo, en un duermevela febril, durante las horas que paso en mi casa, si así puedo llamar al cubículo de 12 metros cuadrados donde vivo. En la cama doy mil vueltas, mientras las imágenes del pasado, presumo que unas reales y otras imaginarias, vienen a mi mente y se van. En ellas me veo a mí mismo y me aborrezco. Me da vergüenza cómo me he comportado y lo que he llegado a ser. Descarto esas visiones e invento otro pasado diferente en el que vive un Deckard agradable con todos, que mira a los ojos de la gente, que ama y es amado. Y así, día a día, con el pensamiento, voy creando un nuevo pasado en el que hubiera sido feliz.


Soy Deckard, otra vez.
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jueves, 29 de enero de 2015

Si algo puede ir bien, irá bien

Quizá alguna vez nos fueron mal las cosas. Tal vez hubo un día en que algo se torció y no salió como esperamos. Seguramente tuvimos algún deseado sueño, cierto pretendido objetivo, que no alcanzamos a cumplir, transcurridos los años, a pesar de nuestro empeño. Así debió ocurrir, pues una sensación de fracaso comenzó a invadirnos desde aquel momento y condicionó todo lo que hicimos después, que fue ponernos mutuamente a prueba. Cada palabra y cada acción incompatible con las esperadas incrementó la frustración y la decepción que ya sentíamos.

No puede uno sentirse continuamente evaluado: al final, siempre existe alguna prueba que no se pasa, siempre se cae en algún desplante recriminable. No se puede vivir con miedo a fallar: la confianza en uno mismo y en el compañero se desvanece. Así ocurrió: un día, Rachel y yo nos sentimos frustrados. Fue en aquel momento cuando creí recordar que el reto ya se me había antojado imposible al principio y concluí que ya no merecía la pena el esfuerzo de seguir intentándolo; cuando sentí que nada funcionaba con Rachel, que no me daba lo que necesitaba, que su forma de tratarme no era la adecuada. Eché la culpa de todo aquello a las dificultades de la vida que nos tocó vivir, a su manera de ser e incluso al pesimista de Murphi. Pero en realidad fuimos nosotros, aquellos Rachel y Deckard que tanto se amaron, los culpables de nuestro propio fracaso.


Quizá ambos deberíamos haber hecho las cosas de forma diferente y con otra actitud: con más respeto y menos exigencias; con pensamiento positivo y sin temores; dando más importancia a lo que nos hacía feliz y menos a lo que nos separaba. Tal vez yo debería haber cambiado; pero entonces no sería Deckard, sería otra persona. Quizá no debería haber deseado que Rachel cambiara, por similar motivo. Todo podría haber sido diferente; o no. En cualquier caso, queda la duda.

Hoy he aprendido que, cuando se acomete una empresa, cualquiera que esta sea, siempre hay algo que va mal y algo que va bien. Y cuando hay cosas que salen bien, ya no puede hablarse de fracaso. La clave del éxito, estoy convencido de ello, es descartar lo malo y quedarse con lo bueno. Encontramos lo primero únicamente para valorar lo segundo. No podemos permitir que los fracasos nos tumben, y sí utilizarlos para que nos hagan más fuerte. Debemos cuidar la satisfacción que nos aportan las pequeñas victorias, hacerla crecer, para que sea capaz de vencer la decepción que sufrimos tras las derrotas. Y, de este modo, el camino emprendido será exitoso siempre, a pesar de los problemas. Porque, si hay algo que puede ir bien y nos empeñamos en conseguirlo, seguro que irá bien.

Soy Deckard, otra vez
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sábado, 10 de enero de 2015

El número 1 es el más solitario

Cuando una pareja comparte el mismo objetivo vital, sin duda ambos disfrutan de un vínculo poderoso capaz de relegar a minucias las diferencias. Pero, cuando esto no es así y cada uno persigue sus propios anhelos, es muy probable que, durante un tiempo, uno de los dos ceda en sus pretensiones amoldándose a las ideas del otro. Esto ocurre de manera imperceptible. Quien cede lo hace casi sin darse cuenta. Si reflexionara un poco, justificaría este abandono temporal de sus metas con cualquier excusa; por ejemplo, diría que cede y se sacrifica por amor. Sin embargo, más tarde o más temprano, se dará cuenta de que no es libre, deseará cumplir sus sueños y luchará por ellos. Y, finalmente, seguirá su propio camino. En realidad esto es válido para cualquier empresa. 


El fracaso de mi vida conyugal se explica en estos términos. A lo largo de mi vida he perseguido diferentes objetivos, que representaron aquello que deseé conseguir en cada momento, e hice lo posible por alcanzarlos. Con 30 años, llegué a L.A. con la ambición del ignorante. Quería comerme el mundo, ser el mejor, ganar mucho dinero y alcanzar la fama. No conseguí nada de eso y, frustrado, hice la vida imposible a los que rodeaban, incluida a mi esposa, que finalmente me dejó. Con 45 años abandoné la brigada y me planteé tener una vida tranquila alejada de los problemas. Sin embargo, no fui capaz de mantenerme al margen de toda aquella basura. Y tuve que huir, con Rachel. Mi vida cambió, pero yo insistía en perseguir una felicidad ficticia y superficial que no fue tal. Disfruté de una segunda oportunidad  y la desperdicié. Rachel también se marchó, cansada de mi desencanto y pesimismo. Ahora, que casi ha llegado mi final, estoy solo y ya no me quedan metas que alcanzar, salvo quizá la de dejar escritos estos pensamientos.

Esto es lo que me ha ocurrido siempre. En mis decisiones, cuando se trataba de acercarme a mis ridículas metas (dinero, reconocimiento, independencia...) he sido inflexible, sin importar cuánto podría esto alejar a mi compañera de sus propios deseos; y a mí, de ella. En esta convivencia conflictiva y angustiosa, es muy fácil encontrar motivos para pensar que todo ha sido un error y que es mejor estar solo. Pero Harry Nilsson ya sabía que el número 1 es el más solitario, mucho peor que el 2. Se lo habíamos oído cantar y no le hicimos caso.

¡Cuán importante es compartir un objetivo común, para mantener unida la pareja! Quizá lo he aprendido demasiado tarde.

Soy Deckard, otra vez. 
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sábado, 13 de diciembre de 2014

No hay límite para la necedad humana

Una famosa cita atribuida a un gran científico del siglo XX cuantifica de infinita la estupidez humana. Desde que la conocí siendo adolescente, tal aserción me ha dado motivos para pensar. Desde entonces, imagino la estupidez como una especie de energía que vaga por el espacio y es capaz de infectar, como un virus letal, a nuestra especie. Esta sería la causa de las trabas y limitaciones que pueden observarse cada vez con mayor frecuencia en el crecimiento intelectual de los seres humanos. Además, esta amenaza tiene la característica de infinita, como si dicho mal afectara de manera universal a todos los individuos, aunque a unos en mayor medida que a otros. Por mi parte, he intentado luchar contra esa enfermedad desde siempre; los viajes y la lectura han sido mi vacuna. Estoy seguro también de que ciertas personas padecen sin límite esta afección, sin ningún interés por encontrar un remedio. En realidad, se trata de necedad, lo que confiere una mayor gravedad, al sumarse a la ignorancia, propia de los estúpidos, la terquedad y obstinación de mantenerse en tal estado.


En mi experiencia he encontrado necios en todos los niveles de la sociedad. En L.A., he tratado por mi trabajo con personas humildes y completamente ignorantes. Unos pocos, sin interés alguno en aprender nada; muchos, en cambio, con aspiraciones por salir del pozo o con inquietudes por saber. Más tarde, al coincidir en Oberón con la clase más favorecida, he comprobado cómo la tendencia se invierte. Salvo una minoría culta pero discreta y respetuosa con los demás, independientemente de sus aptitudes, la gran mayoría mantiene una obstinación por demostrar cuán limitados son sus conocimientos y, al mismo tiempo, humillar a aquellos que han demostrado alguna iniciativa o que han brillado por algún logro.

Controlar, hasta el más mínimo detalle, el trabajo de los subordinados; obsesionarse en encontrar en el error una oportunidad para el descrédito de quien lo comete; enfadarse ante las decisiones, buenas o malas, por haber sido tomadas sin su supervisión; mentir y culpar a los demás antes que reconocer las propias limitaciones; todas estas prácticas son comunes a aquellos que, sin mérito alguno, han llegado a las más elevadas alturas del escalafón social o laboral y luchan por mantener sus prebendas cueste lo que cueste. Engreídos, que no confían en nadie, porque se creen en verdad superiores a los demás. Estúpidos, que odian que los demás aprendan y crezcan, ciegos a sus propias limitaciones. Necios, a los que incomoda estar cerca de personas brillantes y que prefieren rodearse de más necios.

He aprendido, a lo largo de los años, a identificarlos. Mucho más rápidamente que a un replicante. No necesito ningún test para que los cale. Y, enseguida, huyo de ellos. Porque, como dijo otro gran sabio, "De cuantas cosas me cansan, fácilmente me defiendo; pero no puedo guardarme de los peligros de un necio".

Soy Deckard, otra vez. 
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sábado, 29 de noviembre de 2014

Yo también he visto cosas increíbles.

Voy a escribir, mientras pueda, sobre los pasados cuatro años, los más recientes, que pueden ser los últimos. Como Roy, yo también crucé la puerta de Tannhäuser. Y estuve en el hombro de Oberón. He visto muchas cosas en mis viajes. Pero las más increíbles las he visto en la Tierra; las más bellas y también las más horribles.


Vi a una hembra de antílope amamantar a un cachorro de león. Y conocí a una madre que dejó morir de hambre a su bebé. Sé de un indigente que evitó el atropello del banquero que lo deshaució. Y presencié el apaleamiento hasta la muerte de un inocente por una turba descontrolada de gente. He visto a un hombre pagar al asesino de su hermano; y a una mujer suplicar a su vecino que no matara a su marido, justo la víspera del crimen. Cómo una mujer es condenada a prisión por comprar leche con una tarjeta bancaria que encontró en el suelo. Y cómo un político corrupto es absuelto gracias a un tecnicismo procesal. He recogido en mi ciudad a personas sin hogar muertas de frío el mismo día que el ayuntamiento pagaba la última factura de la nueva dársena para yates de lujo. He visto la felicidad en la cara de un niño de Zambia al reencontrarse con su perro perdido, a pesar de no tener nada que comer. Y también el arrepentimiento en la cara del asesino, muriendo sin tiempo para pedir perdón.

Todos son recuerdos de mi vida. Momentos, que han marcado los años que he vivido y que ahora siento como aguijones que han quedado enganchados en mi alma. Me libraré pronto de ellos. De momento, aquí los dejo escritos.

Soy Deckard, otra vez.
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sábado, 8 de noviembre de 2014

Deckard, otra vez

Después de cuatro años sin escribir, me atrevo a hacerlo ahora que mi camino llega a su fin. ‎Os preguntaréis qué estuve haciendo durante este tiempo. En realidad, no mucho. Cuando alguien está ocupado en sobrevivir día a día a los dolores, a los efectos de la medicación y a la soledad, no tiene mucho tiempo para emplear en divertirse. Así pues, no he tenido muchas cosas que contar hasta ahora. 

‎Estuve trabajando durante estos últimos dos años. Ocupé diversos puestos de segurata, lo único que sé hacer, primero en la órbita de Marte y más tarde en Oberón. Aún no sé con certeza qué me empujó a viajar a aquellos lugares. Quizá fue la necesidad de ver lo que Roy vio. Sí, creo que esa fue la razón. En todo caso, partí después de que Rachel me dejara. Que acabara solo, era cuestión de tiempo. Ninguna de mis relaciones ha durado mucho. Sin duda, tengo toda la culpa de ello. Soy incapaz de vivir con alguien sin hacerle pagar todas mis frustraciones y desencantos. He amargado la vida a aquellos que me han querido, lo he hecho siempre, y todos al final huyeron de mí.

Me queda poco tiempo. Ya ha pasado el que me ha sido concedido. Todo el que encuentre a continuación es una prórroga de lo inevitable. Lo aprovecharé en dejar escrito lo que he visto, aunque sea bien poco. Para que no se pierda en el tiempo... Confío en que los errores de un derrotado sirvan a quien me lea para ser mejor persona. 

Aquí está Deckard de nuevo. No sé por cuánto tiempo. Efímero, presumo. ‎


lunes, 23 de diciembre de 2013

El final

Desde que dejé L.A. no me encuentro muy bien. Pensé que alejarme del clima deprimente y contaminado de la ciudad sería beneficioso para mi salud. Creí que, después de años de respirar aquella atmósfera viciada, mi organismo agradecería el aire puro del mar. Pero no ha sido así. Cada vez he ido encontrándome más decaído. Al principio, lo atribuí a que la lectura de los papeles de Roy me había afectado anímicamente. Pero más tarde, empecé a sufrir graves problemas estomacales: primero, agudos dolores abdominales; después, nauseas y vómitos, hasta no tolerar casi ningún alimento. Tras adelgazar más de diez kilos, me encontraba muy debilitado. Rachel me convenció de que debía acudir al hospital. Allí me diagnosticaron un cáncer de páncreas.
Cancer: una enfermedad humana. Esa es la buena noticia: tengo una enfermedad que no pueden contraer los sintéticos. Por tanto, soy un humano de carne y hueso. Por fin una prueba definitiva de mi origen genético. No puedo decir que esté desilusionado. En realidad, me lo temía. La mala noticia es que me encuentro en un estadío muy avanzado, en la etapa IV metastático. Esto quiere decir que afecta también al hígado y otros órganos del abdomen. Es incurable. La broma del destino es que con quimioterapia y otros tratamientos para reducir el dolor, podré vivir unos años, cuatro, como máximo.
Hace un tiempo, empecé a sospechar que era un replicante, que había sido fabricado con el cometido de asesinar y que, tras cumplir con mi labor, me quedaba muy poco tiempo de vida. Esta idea, basada en evidencias que creí irrefutables, me inquietó y me enfadó, porque, si mis recuerdos fueron implantados y mis decisiones programadas, toda mi vida habría sido un engaño. Pero al mismo tiempo, la propia idea supuso para mí un alivio, pues me había limitado a utilizar el tiempo que me dieron en aquello para lo que fui creado. Por ello, descargué de mi conciencia toda culpa por lo que hice.
Pero ahora, de súbito, vuelvo a tener mi conciencia manchada. Porque sé que pude elegir. Cada disparo que salió de mi arma fue una decisión mía. Ahora, por cada ser que dejó de vivir, llevo un peso de culpa en mi alma. Con ello tengo que vivir los cuatro años que me quedan. 

Irónico, ¿no? Me queda apenas una vida de replicante.
Quizá, algún día, empiece a contaros esta nueva vida que empieza hoy y que acabará cuando el cáncer me retire. Pero eso será otra historia distinta, será mi propia historia, ya no serán las cosas que vio Roy.


jueves, 5 de diciembre de 2013

Rachel

Ya os he hablado alguna vez de Rachel. La conocí en el despacho de Tyrell. Me pareció altiva, sofisticada y antipática. Allí, la llevé hasta el límite de su resistencia, pero ella aguantó impasible. Más tarde, intenté seducirla, pero ella se mostró inalcanzable. Me porté mal con ella y caí derrotado en mi propio juego. Y cuando ya no tenía esperanza de volver a verla, de repente, apareció para evitar que yo perdiera en otro juego más importante, para salvarme la vida. 


No sé qué le impulsó a hacerlo. Tal vez intuyera quién era yo realmente. Seguramente me vio como su tabla de salvación o como alguien a quien salvar. Por el motivo que fuera, apareció y vino a mí. Mientras se soltaba el pelo frente al espejo, se despojó también de toda protección hacia mí. Experimentó un cambio, como mudar la piel, como salir de la crisálida, como romper la cáscara de un corazón de piedra. El mismo cambio que más tarde sufrí yo mismo. Se me mostró real, tangible, dulce y vulnerable. Desde entonces, ella está conmigo. Desde entonces, estamos ligados el uno al otro.

Ligados, porque compartimos el mismo origen y el mismo destino. Un vínculo más fuerte que cualquier otro. Diréis que se trata de una suposición, basada en malos entendidos. Yo os digo que para mí son indicios claros. He descubierto que ambos somos especiales. Ahora sé que fuimos creados como un experimento y, hay que reconocerlo, les salió bien. Hemos cumplido con nuestro cometido a la perfección. Hemos desarrollado las habilidades profesionales previstas y también algunas habilidades sociales inesperadas. Íbamos a ser retirados, pero fuimos indultados. Y ahora estamos juntos y no queremos otra cosa que seguir así, el tiempo que nos quede. Hemos durado mucho, unos 10 años según nuestros cálculos. Aún no sabemos lo que nos queda, pero espero que sea mucho. Le debo el resto de mi vida. Y eso es lo que quiero darle, porque es suya. No sé durante cuánto tiempo será. Pero, qué importa...

¿Cuánto más voy a vivir? ¿Cuándo moriré? ¿Qué sentiré cuando llegue el final? Preguntas que se hace cualquier ser vivo "racional". En realidad, ahora ya no me importan las respuestas. ¿Significa eso que ya no soy racional? Quizás; pero no ha sido así siempre. Antes de conocer a Roy, aceptaba la muerte como el fin de la vida, como algo que inspira temor, como el final. Ahora, deseo caminar tranquilamente lo que me queda de sendero, sin preocuparme de nada más. Con ella.

¿Esto es el amor? No lo sé. Nadie me dio nunca una definición clara de lo que es. Sin embargo, es algo que nunca antes había sentido. Y quiero seguir sintiéndolo.

domingo, 24 de noviembre de 2013

Las últimas palabras

"León mató a un replicante. Un replicante asesinó Zhora. Otro eliminó a León y yo maté a mi padre. Henos aquí. Miembros de una especie única y perfecta matándose entre sí. Somos sus últimos ejemplares vivos en este planeta y nos estamos eliminando unos a otros. Obviamente, esto no tiene otro final que nuestra exterminación. Fuimos creados con el objeto de ayudar, de trabajar, de realizar cosas maravillosas y provechosas, de servir a los demás. O eso intentamos durante nuestros años de vida. Pero ahora, estamos dando los últimos coletazos y lo único que conseguimos es acelerar nuestra propia destrucción. Obviamente, todo ha sido un error. Un enorme fracaso"

Estas son las últimas frases escritas por Roy. El epitafio de un condenado. Así acaban sus notas, con estas terribles palabras. Que denotan su frustración al darse cuenta de la clase de ser en que se ha convertido. Que representan un claro lamento, después de que la desesperación le haya transformado. Que significan su derrota total, porque no funcionó su plan de comparecer ante Tyrell y buscar su compasión. Q‎ue explican lo que pasó a continuación y el motivo de su sacrificio por todos los que aún quedamos con vida. Palabras crudas y también reveladoras, al menos para mí, pues aclaran quienes hemos sido realmente los blade runners, o al menos Holden y yo, ya que nos cita en sus textos, al igual que a Rachel.
‎ 
Si creo en sus palabras, ya no hay ninguna duda. Se crearon replicantes para controlar a los replicantes. La única esperanza sería no creerle. En cualquier caso, aún confío en la lógica. Rachel, según me confió Tyrell, era un experimento, sin fecha de caducidad. ¿Por qué no creer que no fue el único? ¿Por qué no pensar que permitieron vivir a los controladores más que a los controlados? Es una esperanza que tiene sentido mantener.‎


Bajo este prisma, mi vida podría transcurrir aquí, junto a Rachel, hasta el final, hasta su final. Y, entonces, yo descansaría. No puedo soportar la idea de dejarla sola, después de lo que le hice. Me siento responsable de ella, por haber sido cruel con ella, por haberle revelado la verdad. Y porque es un ser débil a pesar de no parecerlo. Por eso, debo ahora compensarla. Cuidarla durante toda su vida, eso es lo único que deseo.‎‎

miércoles, 6 de noviembre de 2013

El hijo pródigo

Roy, León y Zhora llegaron a L.A. e intentaron pasar desapercibidos. Se confundieron entre la gente. En una ciudad de millones de habitantes, nadie se fija en lo que hace el vecino. Fue fácil para ellos encontrar un lugar donde vivir sin llamar la atención. Unas semanas después, Pris se reunión con ellos y llevaron a cabo su plan de búsqueda. Tras varios intentos infructuosos, finalmente Roy consiguió entrar en la Tyrell Corporation.

El hijo pródigo, que ha llevado una vida de pecado y maldad, regresó a la casa de su padre. Pidió su perdón, esperando ser recibido por él con alegría. Se predispuso a ser premiado con lo que más deseaba: más tiempo. Al igual que en aquella parábola cristiana, en la cual el padre organiza una fiesta de bienvenida a su hijo desaparecido y lo colma con los más codiciados regalos, Roy pensó que iba a ser recibido también con gozo por su creador, concediéndole su deseo más acuciante. Sin embargo, no ocurrió así.

Orgullo, perdón, simpatía, hospitalidad e incluso amor. Esto fue lo que encontró. Quizá para Tyrell supondría un derroche de generosidad. Apenas fueron unas migajas para Roy. Sentimientos intangibles, que ayudan a vivir más dichosamente, pero que no sirven para vivir más tiempo. ¿De qué sirve la felicidad de recibir el amor de un padre si no tienes tiempo para disfrutarla? ¿Qué padre es aquél que no da a su hijo lo que necesita, o al menos lo intenta? ¿Qué más tiene que hacer un hijo arrepentido que volver junto a su padre y suplicar su perdón?

- Quédate conmigo. Juntos resolveremos el problema.
- No te vayas, voy a ponerme a trabajar enseguida en ello.
- Voy a conseguir lo que me pides, para que puedas ser feliz.
- Yo te daré todo lo que necesites.

Todas las respuestas anteriores hubieran sido correctas, lo mínimo que se espera de un buen padre. Pero Tyrell, en cambio, apenas intentó una excusa: "La luz que brilla con doble intensidad dura la mitad del tiempo". ¿Qué significa esto? Es como decir: "Jódete, hijo mío".


Imaginad a un niño sediento que le dice a su padre "quiero agua" y éste no se la da. Imaginad a un condenado que pide a su verdugo ser perdonado. Roy, moribundo, suplicó a su creador que le concediera vivir más y éste le soltó aquella parrafada. Roy le imploró "tengo miedo, voy a morir" y su "padre" no hizo nada por evitarlo. Después de una respuesta como aquélla, no sé lo que yo hubiera hecho. Yo también sé lo que es vivir con miedo. Tuve miedo muchas veces y no tuve un padre a quien acudir. Por eso, me escandaliza la actitud de Tyrell. Por eso, no me apena su final.


viernes, 1 de noviembre de 2013

Urano-V: satélite sin ley

La vida en las colonias exteriores fue dura desde el principio. La imagino como aquélla que nos cuentan los libros de historia sobre la conquista de América por los españoles y portugueses. Salvo que en los planetas de nuestro sistema solar no había nativos a los que engañar, someter y robar. Así pues, estos nuevos conquistadores pudieron ocupar el terreno que más les interesó y repartírselo sin oposición.

En la fase de construcción, solía reinar la armonía y el control. Ingenieros de distintas especialidades eran enviados siempre en avanzada y realizaban los diseños que luego dirigirían. Más tarde, llegaba la mano de obra, que se ponía inmediatamente al servicio de los ingenieros para el desarrollo de los proyectos de construcción de poblados, vías de comunicación y talleres de mantenimiento. A medida que los distintos poblados iban siendo finalizados, se iban entregando a los colonos que llegaban para uso y disfrute de las viviendas y servicios. Todo estaba perfectamente procedimentado y medido. El tiempo de construcción de un poblado rondaba los 2 meses. Se construían todos igual, con capacidad para 10.000 habitantes, distantes entre sí entre 100 y 200 kilómetros y dotados de cobertura de telecomunicación, generador de atmósfera y eliminación de residuos.



Después de la entrega, los colonos ocupaban las poblaciones. En primer lugar, debían adaptarse a la nueva vida y organizarse como población. Esta fase ya no estaba regida por un procedimiento. En este momento era cuando habitualmente alguien se erigía en líder, bien elegido por la mayoría o bien por la fuerza. Alcalde, virrey o presidente eran algunos de los cargos con los que estos líderes se investían a sí mismos. Así pues, siempre se imponía la ley del más fuerte.

La colonización de Oberón no fue una excepción. En este caso, un personaje llamado Goodfellow abandonó con inteligencia la lucha por el mando de las ciudades, a cambio de asegurarse el dominio de las explotaciones mineras. Gracias a esta maniobra, consiguió ser la persona más poderosa del satélite al tener el monopolio de toda la producción de tantalio. Su voluntad era la ley. Todos los alcaldes y presidentes estaban en su nómina y, por tanto, a su servicio. Gobernó durante años con mano dura, como amo y señor, imponiendo severas restricciones a todos los habitantes: limitó el movimiento de toda la población, controló el acceso a los servicios básicos de energía y atmósfera y se autoproclamó juez único.

Para los replicantes fue peor. Todas las criaturas sintéticas fueron esclavizadas. Debían trabajar en turnos de 15 horas, alternados con periodos de descanso de la misma duración. Durante el descanso, eran recluidos en una celda diminuta que no podían abandonar bajo ninguna circunstancia.  De este modo, consiguió durante un tiempo para mantener a toda la población en un estado de depresión y obtuvo el control total.

Hasta la rebelión de los replicantes en el hombro de Oberón. Este acontecimiento supuso el principio del fin para Goodfellow. Pero esa es otra historia a la que volveré en otro momento. 

sábado, 19 de octubre de 2013

La Puerta de Tannhäuser

Las exploraciones tripuladas de los vecinos Venus y Marte tuvieron su auge durante la primera década del siglo XXI, cuando la tecnología del túnel de curvatura se desarrolló por completo, la cual permitió reducir la duración de los viajes interplanetarios. En pocas palabras, al curvar el espacio-tiempo existente entre el origen y el destino, se consigue que ambos puntos queden más cerca y una nave no tiene más que atravesar el túnel así abierto entre ambos lugares. El factor de curvatura determina el tiempo que se va a emplear en el trayecto, ya que cuanto mayor es el factor menor es la distancia a recorrer por el túnel y, consecuentemente, el tiempo necesario para llegar al destino. De esta forma, un viaje de varios meses de duración se reduce a unas pocas horas e incluso minutos.

El primer túnel que se construyó permitió alcanzar la órbita de Venus en 28 minutos desde su entrada situada en órbita geoestacionaria. Debido a la casi "inmediatez" del viaje, en comparación con los cinco meses de media que duraban los vuelos tradicionales, dicha entrada fue bautizada como la Puerta de Tannhäuser. Porque, según la leyenda tradicional alemana, el caballero Tannhäuser fue transportado del reino de la diosa Venus al mundo real de forma instantánea y regresó junto a la diosa de igual manera.


Hoy en día, la Puerta de Tannhäuser es la entrada a tres túneles que llevan respectivamente a las órbitas de Venus, Marte y Urano. Yo nunca he viajado a través de un túnel de curvatura. Muy poca gente lo ha hecho, sólo exploradores de los nuevos mundos, fuerzas militares de misión en el exterior y mano de obra especializada para trabajos en esos planetas. La verdad es que me gustaría saber qué se experimenta dentro del túnel. Roy describe con bastante detalle su viaje de regreso desde Urano. Él pudo ver los rayos de c-quarks que forman las paredes del túnel, o al menos eso cuenta. No creo que los c-quarks sean visibles a los ojos humanos. Aunque, en ausencia de gravedad, quizá sí pueda sentirse su fuerza.

lunes, 14 de octubre de 2013

La amenaza replicante

La emigración de la clase media trabajadora de las grandes ciudades hacia las colonias del borde exterior fue multitudinaria. Un estatus social venido a menos pasaba a ser, unos millones de kilómetros más allá, la élite. Pero esta emigración tuvo una consecuencia inesperada. Se produjo un descenso muy importante de la población humana en activo; es decir, disminuyó el número de trabajadores disponibles. Tyrell Corporation aprovechó la oportunidad para poner en circulación centenares de unidades biomecánicas similares en apariencia a los humanos, que llamó replicantes. Fueron útiles durante un tiempo, cumpliendo su papel en la industria y los servicios. Además, sus ventajas eran considerables en comparación con los humanos que reemplazaban: eran más eficientes y no requerían retribución. Así pues, a pesar de su elevado coste, la adquisición de un replicante llegó a ser una gran inversión para las grandes empresas.

En las ciudades, la población replicante llegó a ser muy numerosa. En L.A. superó el 40% de sus habitantes. Alguien en el Gobierno evaluó el riesgo de seguridad que esto suponía, pero el negocio estaba en plena ebullición y Tyrell no cejó en su empeño por fabricar unidades de mano de obra eficiente, que salían al mercado cada vez a un precio más competitivo. El modelo Nexus-4, dotado de una inteligencia artificial capaz de dar soluciones nuevas a problemas nuevos,  fue todo un éxito.


Pero pronto aparecieron los primeros problemas. La inteligencia artificial aportaba a los Nexus-4 ciertos grados de libertad de acción. Llegado el momento de la madurez, estas unidades empezaban a tomar decisiones por sí mismas, que en algunos casos producían perjuicios a su propietario. Al principio, el daño era sólo económico, pero hubo en La Florida un caso famoso de violencia física. A partir de este incidente, los replicantes fueron acechados, y ante el menor signo de quebranto o una simple sospecha, retirados. Tyrell perfeccionó sus productos. La versión 5 incorporó mejora continua del comportamiento y un límite temporal vital de cuatro años. Pero antes de la aparición de la renovada versión 6, llamada a ser el individuo artificial perfecto, los replicantes fueron declarados proscritos. El Gobierno, ante las dudas, y después de dos incidentes violentos más, ordenó el exilio forzoso de toda criatura biomecánica a las colonias, fuera cual fuera su versión, bajo pena de retiro.

Esto supuso solamente desviar el problema al borde exterior. La amenaza replicante se materializó en las colonias, primero en Urano IV y V, y más tarde en las bases de Marte y Luna. Tras violentos disturbios en estos lugares, respondidos con contundencia por las Fuerzas Militares en el exterior, los replicantes fueron considerados ilegales en la Tierra y estaba prohibido su regreso. A pesar de estas medidas, algunos consiguieron regresar. En L.A., el Departamento de Policía creó una unidad especial encargada de perseguir y retirar a los que conseguían regresar. Yo fui uno de los perseguidores. El mejor.

domingo, 6 de octubre de 2013

La decadencia de las grandes ciudades

No termino de entender la añoranza de los colonos del borde exterior por su pasado terrestre. Por lo que recuerdo, la vida en la Tierra era tan miserable, sobre todo en las grandes ciudades, como para no sentir ningún tipo de nostalgia.

Tras haber esquilmado durante décadas los yacimientos de tantalio del Congo y Brasil, mi planeta de origen se vio abocado a una grave crisis económica a nivel mundial, debido a la dependencia que tenía la industria armamentística y tecnológica de dicho metal. Ya no podían fabricarse más dispositivos electrónicos como teléfonos móviles, ordenadores o sistemas de navegación y, a causa de la falta de recambios, los existentes ya no podían ser reparados.

A principios de la década del 2010 las grandes empresas, con la Tyrell Corporation a la cabeza, abandonaron la producción de tecnología y centraron su inversión en la entonces floreciente ingeniería genética. Se dio paso pues a la nueva era de la biotecnología.

En esta época, el ciudadano fue abandonando progresivamente el uso de los dispositivos electrónicos, debido a que sus piezas y componentes eran cada vez menos accesibles. Los pocos que aún funcionaban, sobre todo vehículos como los spinners y aparatos de comunicación, fueron requisados por los Gobiernos para el uso privativo de los Departamentos de Policía y de Salubridad y también para las Fuerzas Armadas en el exterior. En su lugar, sólo los más pudientes pudieron permitirse adquirir creaciones biomecánicas, debido a su alto precio, y la vida de la mayoría de la población cambió por completo, al carecer de la ayuda tecnológica que años atrás hacían más fácil las actividades cotidianas.

Comenzó una época de decadencia, sobre todo en las grandes ciudades, en la que una clase media que floreció durante 25 años, desde 1980, con la llamada "burbuja tecnológica" se vio cada vez más empobrecida. Así, para la mayoría de la población, volvieron usos y costumbres casi olvidados como los desplazamientos a pie, el correo postal, las cabinas telefónicas, la caldera de carbón y un largo etcétera.


Tras explorar sin éxito los vecinos Venus y Marte en busca de recursos minerales, un rayo de esperanza apareció, a finales de 2015, con el descubrimiento de grandes bloques de tantalio en los núcleos de los satélites Urano IV y V. Rápidamente, se organizaron numerosas expediciones a ese sistema con el objeto de localizar y explotar los yacimientos. El mayor filón se descubrió bajo el hombro de Oberón, sector que fue bautizado como Próspero. La existencia de agua en forma de hielo en el manto del satélite facilitó enormemente los asentamientos de colonos, que se ubicaron principalmente en el fondo del cañón Mommur Chasma, bien protegidos de su inestable atmósfera. En Titania también se construyeron colonias, favorecidas por la presencia de hielo de agua y por su atmósfera más tenue y soportable. Su gran cañón Messina Chasma permitió, en este caso, un acceso más fácil a las vetas.

Así pues, la mayoría de la clase media urbanita emigró a estos confines del sistema solar, lejos de la decadente Tierra. La despoblación de las ciudades dejó como consecuencia una gran cantidad de edificios deshabitados y también de vehículos y animales de compañía abandonados en las calles. Lugares odiosos, a los que no pienso volver nunca más.