La emigración de la clase media trabajadora de las grandes ciudades hacia las colonias del borde exterior fue multitudinaria. Un estatus social venido a menos pasaba a ser, unos millones de kilómetros más allá, la élite. Pero esta emigración tuvo una consecuencia inesperada. Se produjo un descenso muy importante de la población humana en activo; es decir, disminuyó el número de trabajadores disponibles. Tyrell Corporation aprovechó la oportunidad para poner en circulación centenares de unidades biomecánicas similares en apariencia a los humanos, que llamó replicantes. Fueron útiles durante un tiempo, cumpliendo su papel en la industria y los servicios. Además, sus ventajas eran considerables en comparación con los humanos que reemplazaban: eran más eficientes y no requerían retribución. Así pues, a pesar de su elevado coste, la adquisición de un replicante llegó a ser una gran inversión para las grandes empresas.
En las ciudades, la población replicante llegó a ser muy numerosa. En L.A. superó el 40% de sus habitantes. Alguien en el Gobierno evaluó el riesgo de seguridad que esto suponía, pero el negocio estaba en plena ebullición y Tyrell no cejó en su empeño por fabricar unidades de mano de obra eficiente, que salían al mercado cada vez a un precio más competitivo. El modelo Nexus-4, dotado de una inteligencia artificial capaz de dar soluciones nuevas a problemas nuevos, fue todo un éxito.
Pero pronto aparecieron los primeros problemas. La inteligencia artificial aportaba a los Nexus-4 ciertos grados de libertad de acción. Llegado el momento de la madurez, estas unidades empezaban a tomar decisiones por sí mismas, que en algunos casos producían perjuicios a su propietario. Al principio, el daño era sólo económico, pero hubo en La Florida un caso famoso de violencia física. A partir de este incidente, los replicantes fueron acechados, y ante el menor signo de quebranto o una simple sospecha, retirados. Tyrell perfeccionó sus productos. La versión 5 incorporó mejora continua del comportamiento y un límite temporal vital de cuatro años. Pero antes de la aparición de la renovada versión 6, llamada a ser el individuo artificial perfecto, los replicantes fueron declarados proscritos. El Gobierno, ante las dudas, y después de dos incidentes violentos más, ordenó el exilio forzoso de toda criatura biomecánica a las colonias, fuera cual fuera su versión, bajo pena de retiro.
Esto supuso solamente desviar el problema al borde exterior. La amenaza replicante se materializó en las colonias, primero en Urano IV y V, y más tarde en las bases de Marte y Luna. Tras violentos disturbios en estos lugares, respondidos con contundencia por las Fuerzas Militares en el exterior, los replicantes fueron considerados ilegales en la Tierra y estaba prohibido su regreso. A pesar de estas medidas, algunos consiguieron regresar. En L.A., el Departamento de Policía creó una unidad especial encargada de perseguir y retirar a los que conseguían regresar. Yo fui uno de los perseguidores. El mejor.
Lugares, vivencias, recuerdos... para que no se pierdan en el tiempo como lágrimas en la lluvia.
lunes, 14 de octubre de 2013
domingo, 6 de octubre de 2013
La decadencia de las grandes ciudades
No termino de entender la añoranza de los colonos del borde exterior por su pasado terrestre. Por lo que recuerdo, la vida en la Tierra era tan miserable, sobre todo en las grandes ciudades, como para no sentir ningún tipo de nostalgia.
Tras haber esquilmado durante décadas los yacimientos de tantalio del Congo y Brasil, mi planeta de origen se vio abocado a una grave crisis económica a nivel mundial, debido a la dependencia que tenía la industria armamentística y tecnológica de dicho metal. Ya no podían fabricarse más dispositivos electrónicos como teléfonos móviles, ordenadores o sistemas de navegación y, a causa de la falta de recambios, los existentes ya no podían ser reparados.
A principios de la década del 2010 las grandes empresas, con la Tyrell Corporation a la cabeza, abandonaron la producción de tecnología y centraron su inversión en la entonces floreciente ingeniería genética. Se dio paso pues a la nueva era de la biotecnología.
En esta época, el ciudadano fue abandonando progresivamente el uso de los dispositivos electrónicos, debido a que sus piezas y componentes eran cada vez menos accesibles. Los pocos que aún funcionaban, sobre todo vehículos como los spinners y aparatos de comunicación, fueron requisados por los Gobiernos para el uso privativo de los Departamentos de Policía y de Salubridad y también para las Fuerzas Armadas en el exterior. En su lugar, sólo los más pudientes pudieron permitirse adquirir creaciones biomecánicas, debido a su alto precio, y la vida de la mayoría de la población cambió por completo, al carecer de la ayuda tecnológica que años atrás hacían más fácil las actividades cotidianas.
Comenzó una época de decadencia, sobre todo en las grandes ciudades, en la que una clase media que floreció durante 25 años, desde 1980, con la llamada "burbuja tecnológica" se vio cada vez más empobrecida. Así, para la mayoría de la población, volvieron usos y costumbres casi olvidados como los desplazamientos a pie, el correo postal, las cabinas telefónicas, la caldera de carbón y un largo etcétera.
Tras explorar sin éxito los vecinos Venus y Marte en busca de recursos minerales, un rayo de esperanza apareció, a finales de 2015, con el descubrimiento de grandes bloques de tantalio en los núcleos de los satélites Urano IV y V. Rápidamente, se organizaron numerosas expediciones a ese sistema con el objeto de localizar y explotar los yacimientos. El mayor filón se descubrió bajo el hombro de Oberón, sector que fue bautizado como Próspero. La existencia de agua en forma de hielo en el manto del satélite facilitó enormemente los asentamientos de colonos, que se ubicaron principalmente en el fondo del cañón Mommur Chasma, bien protegidos de su inestable atmósfera. En Titania también se construyeron colonias, favorecidas por la presencia de hielo de agua y por su atmósfera más tenue y soportable. Su gran cañón Messina Chasma permitió, en este caso, un acceso más fácil a las vetas.
Así pues, la mayoría de la clase media urbanita emigró a estos confines del sistema solar, lejos de la decadente Tierra. La despoblación de las ciudades dejó como consecuencia una gran cantidad de edificios deshabitados y también de vehículos y animales de compañía abandonados en las calles. Lugares odiosos, a los que no pienso volver nunca más.
Tras haber esquilmado durante décadas los yacimientos de tantalio del Congo y Brasil, mi planeta de origen se vio abocado a una grave crisis económica a nivel mundial, debido a la dependencia que tenía la industria armamentística y tecnológica de dicho metal. Ya no podían fabricarse más dispositivos electrónicos como teléfonos móviles, ordenadores o sistemas de navegación y, a causa de la falta de recambios, los existentes ya no podían ser reparados.
A principios de la década del 2010 las grandes empresas, con la Tyrell Corporation a la cabeza, abandonaron la producción de tecnología y centraron su inversión en la entonces floreciente ingeniería genética. Se dio paso pues a la nueva era de la biotecnología.
En esta época, el ciudadano fue abandonando progresivamente el uso de los dispositivos electrónicos, debido a que sus piezas y componentes eran cada vez menos accesibles. Los pocos que aún funcionaban, sobre todo vehículos como los spinners y aparatos de comunicación, fueron requisados por los Gobiernos para el uso privativo de los Departamentos de Policía y de Salubridad y también para las Fuerzas Armadas en el exterior. En su lugar, sólo los más pudientes pudieron permitirse adquirir creaciones biomecánicas, debido a su alto precio, y la vida de la mayoría de la población cambió por completo, al carecer de la ayuda tecnológica que años atrás hacían más fácil las actividades cotidianas.
Comenzó una época de decadencia, sobre todo en las grandes ciudades, en la que una clase media que floreció durante 25 años, desde 1980, con la llamada "burbuja tecnológica" se vio cada vez más empobrecida. Así, para la mayoría de la población, volvieron usos y costumbres casi olvidados como los desplazamientos a pie, el correo postal, las cabinas telefónicas, la caldera de carbón y un largo etcétera.
Tras explorar sin éxito los vecinos Venus y Marte en busca de recursos minerales, un rayo de esperanza apareció, a finales de 2015, con el descubrimiento de grandes bloques de tantalio en los núcleos de los satélites Urano IV y V. Rápidamente, se organizaron numerosas expediciones a ese sistema con el objeto de localizar y explotar los yacimientos. El mayor filón se descubrió bajo el hombro de Oberón, sector que fue bautizado como Próspero. La existencia de agua en forma de hielo en el manto del satélite facilitó enormemente los asentamientos de colonos, que se ubicaron principalmente en el fondo del cañón Mommur Chasma, bien protegidos de su inestable atmósfera. En Titania también se construyeron colonias, favorecidas por la presencia de hielo de agua y por su atmósfera más tenue y soportable. Su gran cañón Messina Chasma permitió, en este caso, un acceso más fácil a las vetas.
Así pues, la mayoría de la clase media urbanita emigró a estos confines del sistema solar, lejos de la decadente Tierra. La despoblación de las ciudades dejó como consecuencia una gran cantidad de edificios deshabitados y también de vehículos y animales de compañía abandonados en las calles. Lugares odiosos, a los que no pienso volver nunca más.
jueves, 26 de septiembre de 2013
El amor en tiempos revueltos
Una vez conocí
a una mujer de 70 años, que había sido
atracada en la calle. Estaba paseando a su perro y dos delincuentes se le
acercaron con la intención de robarle. Con una barra de hierro, mataron al
animal antes de que pudiera saltar en defensa de su ama.
La anciana, nerviosa,
no pudo recordar ningún detalle del aspecto de los atracadores. Y, mientras le
tomaba declaración, estuvo contándome su
vida. Desde hacía 50 años, su marido la había estado tratando como una esclava, obligándola a atender sus mil exigencias y dedicándole sus millones de desprecios, día tras día. Eso sí, con derecho a sexo
gratis cada vez que a él le apetecía.
Unos meses atrás, la señora cayó enferma y estuvo ingresada
tres semanas en un hospital. Su
marido no fue a verla ni un solo
día. Me habló de ingratitud y
egoísmo, sobre todo cuando ése es el pago por toda
una vida de atenciones. Me habló de cómo ser capaz de vivir al lado de una
persona y detestarla al mismo tiempo. Me
habló de la vejez y de la decepción de no tener ningún motivo por el que sonreír. Me habló de los animales,
que nunca abandonan ni desprecian a quienes les
cuidan, y que no se merecen que se les abandone ni desprecie. Su perro
era el único ser vivo de su casa
que había salido siempre a la puerta a recibirla,
cada día. Su marido, durante los 50 años de matrimonio, sólo
había sido capaz de emitir un gruñido de indiferencia cuando la veía. Aquel día, su perro había
muerto y ella tenía que volver a su casa para tener la cena de su
marido preparada a tiempo.
Desde aquel
día, me pregunto el motivo por el cual una persona empieza a vivir con otra y
permanece a su lado. ¿Es siempre responsable de ello esa alteración química que
llamamos amor? Hay quienes conocen a alguien y se casan, sin plantearse ni el
cómo ni el porqué. Simplemente, siguen una inercia o se dejan llevar por el
instinto de conservación de la especie humana. Este fue mi caso, e intuyo que
también el de aquella mujer. El milagro de los neurotransmisores obra estas
cosas. El problema viene cuando esta química decae. Esto ocurre, según
aseguran los expertos y así confirma mi experiencia, a los 3 ó 4 años. Es
entonces cuando hay que buscar otros mecanismos que nos mantengan asociados a la
pareja respectiva: unos gustos en común, una grata convivencia, una necesidad
compartida o una ineludible dependencia (hijos, deudas...).
Pero en estos tiempos inhóspitos y desagradables, sobre todo para quien trabaja, como suele decirse, de sol a sol, qué dificil es tener una grata convivencia con alguien. Sales de casa antes que amanezca y regresas ya de noche, cansado y cabreado, después de una jornada de disgustos y tensiones. Es el momento en que necesitas una copa y no un sermón, o sentarte a ver la tele y no ponerte a fregar los platos. Quizá el trabajo debiera ser de otra manera, debiera reconfortar al trabajador y, por qué no, hacerlo feliz. Pero la revolución económica que tuvo lugar a principios de siglo ha hecho prosperar sólo a unos pocos los poderosos, mientras que el resto de la sociedad, la clase obrera, ha sido cada vez más oprimida. Y esto, inevitablemente, ha afectado a las relaciones entre las personas.
Pero en estos tiempos inhóspitos y desagradables, sobre todo para quien trabaja, como suele decirse, de sol a sol, qué dificil es tener una grata convivencia con alguien. Sales de casa antes que amanezca y regresas ya de noche, cansado y cabreado, después de una jornada de disgustos y tensiones. Es el momento en que necesitas una copa y no un sermón, o sentarte a ver la tele y no ponerte a fregar los platos. Quizá el trabajo debiera ser de otra manera, debiera reconfortar al trabajador y, por qué no, hacerlo feliz. Pero la revolución económica que tuvo lugar a principios de siglo ha hecho prosperar sólo a unos pocos los poderosos, mientras que el resto de la sociedad, la clase obrera, ha sido cada vez más oprimida. Y esto, inevitablemente, ha afectado a las relaciones entre las personas.
No entiendo lo que mantenía a la anciana junto a su despreciable marido, porque nada les unía. Quizá fuera la religión que profesaba, entre cuyos muchos preceptos estaba el de la indisolubilidad del matrimonio. Yo, en cambio, me divorcié.
Considero a los replicantes afortunados. Eran capaces de sentir el amor hacia otra persona
y su vida no era tan larga como para conocer el
desamor.
jueves, 19 de septiembre de 2013
Te veré en la Tierra
Zhora y León se conocieron en Oberón, cuando fueron seleccionados para compartir la misma vivienda. Ambos trabajaban en las minas de Próspero y, mientras cumplían con las respectivas funciones que tenían encomendadas, algo cambió en su mente. Poco a poco se dieron cuenta de su mísera existencia. Ese fue el despertar a un nuevo mundo de sentimientos. Empezaron a añorar su vida en la Tierra. Después, la nostalgia dio paso al rencor, y más tarde a la cólera. Surgió entonces en León la idea de la lucha y la rebelión. Zhora estuvo a su lado, compartiendo consignas y barricadas. Mientras tanto, entre ambos, brotó también el amor.
Tras la batalla de Urano-V, Roy les contó su plan de volver a la Tierra. Estuvieron de acuerdo en acompañarlo. Para los tres, era imperiosa la necesidad de tener más tiempo, más esperanza, más vida. Buscarían juntos al Hacedor.
Con gran esfuerzo, repararon una de las naves saboteadas. No pudieron restaurar su funcionalidad completa, pero al menos consiguieron ponerla en vuelo. Gracias a sus claves militares aún vigentes, y antes de que las noticias del fracaso de la misión pudieran llegar a la base, emprendieron el viaje hacia la órbita de Urano, donde atravesaron la puerta, camino de la Tierra.
Durante las 18 horas que duró el viaje, Roy estuvo muy cerca de Zhora y León. Se fijó detenidamente en ellos, en las atenciones que se prestaban, en la ilusión que vio en sus caras, en su cuchicheo sobre planes de futuro. Fue testigo de la prueba viviente de que dos replicantes se pueden enamorar. No sólo era atracción y deseo. Era algo más. Se preguntó si lo que veía era aquello que los humanos llamaban amor.
¿Sentiría Roy lo mismo por Pris? Es lo más probable, según se desprende de sus notas. Lo cierto es que, durante el vuelo, estuvo mucho tiempo averiguando cómo comunicarse con ella. Tras consultar los registros de entrada y salida de varias bases militares, la ubicó en la base marciana de Deimos. Una vez en la órbita terrestre, no pudo esperar más y, aun a riesgo de ser localizado, se puso en contacto con ella. Puedo imaginar el diálogo entre ambos, transmitiéndole todo su cariño en un tono de aparente frialdad:
– Hola, Pris. Soy Roy. Regreso de Urano. Necesito verte. Te necesito.
Tras la batalla de Urano-V, Roy les contó su plan de volver a la Tierra. Estuvieron de acuerdo en acompañarlo. Para los tres, era imperiosa la necesidad de tener más tiempo, más esperanza, más vida. Buscarían juntos al Hacedor.
Con gran esfuerzo, repararon una de las naves saboteadas. No pudieron restaurar su funcionalidad completa, pero al menos consiguieron ponerla en vuelo. Gracias a sus claves militares aún vigentes, y antes de que las noticias del fracaso de la misión pudieran llegar a la base, emprendieron el viaje hacia la órbita de Urano, donde atravesaron la puerta, camino de la Tierra.
Durante las 18 horas que duró el viaje, Roy estuvo muy cerca de Zhora y León. Se fijó detenidamente en ellos, en las atenciones que se prestaban, en la ilusión que vio en sus caras, en su cuchicheo sobre planes de futuro. Fue testigo de la prueba viviente de que dos replicantes se pueden enamorar. No sólo era atracción y deseo. Era algo más. Se preguntó si lo que veía era aquello que los humanos llamaban amor.
¿Sentiría Roy lo mismo por Pris? Es lo más probable, según se desprende de sus notas. Lo cierto es que, durante el vuelo, estuvo mucho tiempo averiguando cómo comunicarse con ella. Tras consultar los registros de entrada y salida de varias bases militares, la ubicó en la base marciana de Deimos. Una vez en la órbita terrestre, no pudo esperar más y, aun a riesgo de ser localizado, se puso en contacto con ella. Puedo imaginar el diálogo entre ambos, transmitiéndole todo su cariño en un tono de aparente frialdad:
– Hola, Pris. Soy Roy. Regreso de Urano. Necesito verte. Te necesito.
– Yo también te necesito. Pero no nos queda tiempo. Roy, ¡se acerca el final!
– Lo sé. Tengo un plan. Hay esperanza para nosotros. Podremos tener un futuro. Reúnete conmigo en L.A.
– Estoy en Marte. Pero puedo coger el próximo transporte.
– De acuerdo. Te veré en la Tierra.
– De acuerdo. Te veré en la Tierra.
domingo, 15 de septiembre de 2013
Pero, ¿quién soy realmente?
Quizá para muchos se
trate de una pregunta filosófica, o más bien relacionada con la religión. Pero
en mi caso, responder a esta pregunta es una necesidad biológica: se trata de saber a qué especie pertenezco.
Siempre creí ser miembro de la especie humana. Soy morfológicamente igual que el resto de hombres y mujeres que he conocido y me comporto igual que ellos. Por tanto, nunca me planteé otra cosa, salvo hoy. Hoy no estoy seguro del todo.
Siempre creí ser miembro de la especie humana. Soy morfológicamente igual que el resto de hombres y mujeres que he conocido y me comporto igual que ellos. Por tanto, nunca me planteé otra cosa, salvo hoy. Hoy no estoy seguro del todo.
Hasta mi exilio,
siempre he vivido en L.A. La mayoría de la gente que he conocido estaba
relacionada con mi trabajo: ladrones, estafadores, drogadictos, prostitutas,
delincuentes. Cada uno de ellos vivía a su manera y para su propio beneficio. El prójimo no le importaba en absoluto. A
mis compañeros de trabajo los conocía menos. Yo siempre preferí trabajar solo.
Era más eficaz si no tenía que dar explicaciones a nadie; únicamente a mi jefe, el capitán de mi unidad, a quien sí debía rendir cuentas. Pero nunca los vi muy
diferentes a mí. En una gran ciudad como ésta, la mayor del
cuadrante nordeste del planeta, donde se hablaban más de diez idiomas distintos, lo habitual es que cada cual fuera siempre a la suya, atendiendo únicamente con sus propios problemas.
Por lo que sabía entonces, los
replicantes no eran, en su forma de ser, muy diferentes a los humanos que
conocía. O más bien debería decirlo al revés. La convivencia entre los humanos se había "replicantizado". Pruebas de ello eran la nula relación con los demás, la
ausencia de ideales en que creer, la falta de esperanza donde apoyarse y su excesivo grado de conformismo. La gente se había vuelto
insensible y solitaria, carente de todo atisbo de amor al prójimo, compasión y
humanidad. A pesar de ello, aquel mundo en el que me movía me parecía normal. Pero ahora comprendo cuánto se estaba perdiendo.
En un ambiente como aquél, era difícil distinguir un replicante de un ser humano, pues, tanto en su apariencia exterior como también en su comportamiento, eran similares entre sí. Dos doctores en psicología llamados Voight y Kampff se hicieron famosos por sus estudios en este campo. Juntos desarrollaron un test que trataba de percibir la empatía que mostraba un individuo cuando se le forzaba con determinados estímulos. Porque, aunque el ser humano se había deshumanizado en su relación con los demás, en un segundo plano seguía funcionando su capacidad de percepción de los sentimientos de otros. Así pues, formulando cierto número de preguntas especialmente elegidas, se intentaba provocar en un humano una respuesta emocional, presuponiendo que era imposible obtenerla de un replicante.
En un ambiente como aquél, era difícil distinguir un replicante de un ser humano, pues, tanto en su apariencia exterior como también en su comportamiento, eran similares entre sí. Dos doctores en psicología llamados Voight y Kampff se hicieron famosos por sus estudios en este campo. Juntos desarrollaron un test que trataba de percibir la empatía que mostraba un individuo cuando se le forzaba con determinados estímulos. Porque, aunque el ser humano se había deshumanizado en su relación con los demás, en un segundo plano seguía funcionando su capacidad de percepción de los sentimientos de otros. Así pues, formulando cierto número de preguntas especialmente elegidas, se intentaba provocar en un humano una respuesta emocional, presuponiendo que era imposible obtenerla de un replicante.
Extraños tiempos
viví, en los que todo se confunde, inclusive la humanidad. Yo nunca hice el test. Por eso, permanecen en mi alma las dudas sobre quién
soy en realidad. Y el hecho de que hoy sea capaz de amar y de desear y de
emocionarme no demuestra nada. Porque incluso Roy tuvo esos sentimientos. Yo lo vi
y así se deduce de sus escritos. Hoy me pregunto
si Roy habría pasado el test con éxito. Probablemente, sí.
A veces pienso que mis dudas son absurdas, que siempre fui un humano, sólo que lo olvidé. Pero en muchas ocasiones estoy seguro de no pertenecer a la especie humana, y tengo miedo de pensar que mañana puedo
dejar de existir.
martes, 10 de septiembre de 2013
Emociones y química
En todo este lío en el que se metió Roy, hay algo que me desconcierta: cómo fue posible que seres creados genéticamente sin mecanismo emocional, hubieran comenzado a experimentar sentimientos.
En principio, los replicantes fueron diseñados por el ser humano para su provecho y beneficio. La idea surgió ante la necesidad de disponer de una gran cantidad de mano de obra que fuera barata de mantener. Allá por el año 2010, comenzó su producción en serie. Adquirir un obrero "sintético" era una inversión indudablemente rentable, a pesar de su alto coste de fabricación, pues no requería ningún salario ni suministro energético externo. Una batería orgánica autocargable era su única fuente de energía. Se crearon carentes de emociones y sentimientos, lo que se consideró una ventaja pues, al menos en teoría, les orientaba a ser obedientes y dóciles. Inhibida genéticamente la producción de ciertos neurotransmisores en su sistema nervioso central, no generaban deseos propios. Operaban según los objetivos definidos en su programación cerebral. Consecuentemente, no tenían apetito, aunque solían comer como los humanos. Dotarlos de aparato digestivo respondió a motivos estéticos únicamente, ya que parecía más conveniente que compartieran con sus compañeros de trabajo también los momentos de recreo.
Sin embargo, el grupo de Batty apareció con un significativo cambio de comportamiento, que los hicieron únicos en su especie. Comenzaron a experimentar emociones y a perseguir deseos. La pasión y la determinación de conseguir un fin propio fue a partir de entonces su motivación. Y, lo más sorprendente de todo, tenían sentimientos, como atracción física, amor, libertad, miedo y esperanza. Sin duda, sin saberse muy bien cómo, estos organismos artificiales comenzaron a sintetizar feniletilaminas, el neurotransmisor relacionado con el comportamiento y la motivación. Este hecho me plantea serias dudas sobre la efectividad de las medidas de seguridad que se utilizan en la biotecnología.
En realidad, también en el cuerpo humano, todo es química, incluidas esas reacciones de nuestro cerebro a los acontecimientos de la vida que llamamos sentimientos. Yo siempre creí ser una persona normal y corriente, quizá un poco frío y bastante calculador, pero en absoluto carente de cierta emotividad. Hoy me comparo con Roy, después de conocer lo que pensó y lo que sintió, y no pienso igual. Ahora sé que, en mi existencia, fui impasible a todo lo que me rodeaba, indiferente hacia los demás y completamente pasivo a todo lo que no estaba relacionado con mi trabajo. Actuaba maquinalmente, como recitando una lección aprendida de memoria. Confundía emotividad con eficacia. He sido insensible a todo, hasta que Roy apareció. A partir de ese momento, un cambio se obró también en mí y comencé a sentir. Como a Roy en Oberón. Y otra vez me invaden las dudas sobre quién soy en realidad. Me pregunto incluso si soy persona.
En principio, los replicantes fueron diseñados por el ser humano para su provecho y beneficio. La idea surgió ante la necesidad de disponer de una gran cantidad de mano de obra que fuera barata de mantener. Allá por el año 2010, comenzó su producción en serie. Adquirir un obrero "sintético" era una inversión indudablemente rentable, a pesar de su alto coste de fabricación, pues no requería ningún salario ni suministro energético externo. Una batería orgánica autocargable era su única fuente de energía. Se crearon carentes de emociones y sentimientos, lo que se consideró una ventaja pues, al menos en teoría, les orientaba a ser obedientes y dóciles. Inhibida genéticamente la producción de ciertos neurotransmisores en su sistema nervioso central, no generaban deseos propios. Operaban según los objetivos definidos en su programación cerebral. Consecuentemente, no tenían apetito, aunque solían comer como los humanos. Dotarlos de aparato digestivo respondió a motivos estéticos únicamente, ya que parecía más conveniente que compartieran con sus compañeros de trabajo también los momentos de recreo.
Sin embargo, el grupo de Batty apareció con un significativo cambio de comportamiento, que los hicieron únicos en su especie. Comenzaron a experimentar emociones y a perseguir deseos. La pasión y la determinación de conseguir un fin propio fue a partir de entonces su motivación. Y, lo más sorprendente de todo, tenían sentimientos, como atracción física, amor, libertad, miedo y esperanza. Sin duda, sin saberse muy bien cómo, estos organismos artificiales comenzaron a sintetizar feniletilaminas, el neurotransmisor relacionado con el comportamiento y la motivación. Este hecho me plantea serias dudas sobre la efectividad de las medidas de seguridad que se utilizan en la biotecnología.
En realidad, también en el cuerpo humano, todo es química, incluidas esas reacciones de nuestro cerebro a los acontecimientos de la vida que llamamos sentimientos. Yo siempre creí ser una persona normal y corriente, quizá un poco frío y bastante calculador, pero en absoluto carente de cierta emotividad. Hoy me comparo con Roy, después de conocer lo que pensó y lo que sintió, y no pienso igual. Ahora sé que, en mi existencia, fui impasible a todo lo que me rodeaba, indiferente hacia los demás y completamente pasivo a todo lo que no estaba relacionado con mi trabajo. Actuaba maquinalmente, como recitando una lección aprendida de memoria. Confundía emotividad con eficacia. He sido insensible a todo, hasta que Roy apareció. A partir de ese momento, un cambio se obró también en mí y comencé a sentir. Como a Roy en Oberón. Y otra vez me invaden las dudas sobre quién soy en realidad. Me pregunto incluso si soy persona.
miércoles, 4 de septiembre de 2013
Contigo hasta el final
Es curiosa la especie humana. ¡Cómo infravaloramos los riesgos cuando hacemos planes de futuro! Mucha gente se ha quedado sin trabajo cuando, al conseguir un empleo y mantenerlo durante mucho tiempo, no se ha preparado suficientemente para la eventualidad de ser despedido. Otros se ha arruinado cuando, habiendo invertido todo su dinero, no han previsto la posibilidad de que la inversión no fuera tan rentable como esperaban. Y cuántos se han quedado solos cuando, al enamorarse de alguien, no han hecho suficiente para conocer a esa persona y evitar perderla.
No es preciso ser receloso ante cualquier iniciativa que se nos presenta. Pero tampoco un temerario. Sin embargo, en determinadas situaciones de la vida, hacemos un salto al vacío, bien sea por intuición, por confianza, o por pereza. Y en el caso del amor, es cuando damos la nota.
Yo también conocí a alguien. Nos enamoramos. Queríamos estar juntos y nos casamos en una pequeña misión española de California. Proyectamos una vida en común, en una casita junto al mar en Santa Mónica (con mi sueldo nos la podíamos permitir). Una vida juntos para siempre. Así lo creímos entonces. Pero nada es para siempre.
Yo siempre había sido muy calculador. En mis planes siempre había observado los riesgos y previsto las dificultades. Nunca había invertido un dinero que no tenía. He recibido formación continuamente para ser capaz de progresar en mi empleo. Pero en el amor, me desentendí de toda precaución. Y fracasé. El único vestigio que queda de aquella relación es el tatuaje que me hice al día siguiente de la boda: una cruz, igual que la del mosaico de piedra que había en el suelo de la misión donde me casé. Nada más conservo: ni desazón, ni arrepentimiento, ni apenas recuerdos.
Batty se enamoró y pensó igual que otros muchos en su situación: "Quiero estar contigo hasta el final". Como si fuera un miembro más de la especie humana.
No es preciso ser receloso ante cualquier iniciativa que se nos presenta. Pero tampoco un temerario. Sin embargo, en determinadas situaciones de la vida, hacemos un salto al vacío, bien sea por intuición, por confianza, o por pereza. Y en el caso del amor, es cuando damos la nota.
Yo también conocí a alguien. Nos enamoramos. Queríamos estar juntos y nos casamos en una pequeña misión española de California. Proyectamos una vida en común, en una casita junto al mar en Santa Mónica (con mi sueldo nos la podíamos permitir). Una vida juntos para siempre. Así lo creímos entonces. Pero nada es para siempre.
Yo siempre había sido muy calculador. En mis planes siempre había observado los riesgos y previsto las dificultades. Nunca había invertido un dinero que no tenía. He recibido formación continuamente para ser capaz de progresar en mi empleo. Pero en el amor, me desentendí de toda precaución. Y fracasé. El único vestigio que queda de aquella relación es el tatuaje que me hice al día siguiente de la boda: una cruz, igual que la del mosaico de piedra que había en el suelo de la misión donde me casé. Nada más conservo: ni desazón, ni arrepentimiento, ni apenas recuerdos.
Batty se enamoró y pensó igual que otros muchos en su situación: "Quiero estar contigo hasta el final". Como si fuera un miembro más de la especie humana.
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