domingo, 19 de abril de 2015

Puedo ser como soy porque no puedo ser otro

Puedo ser triste y solitario, independiente y apático, aburrido y distraído. Puedo mostrarme desagradable y mezquino.  Puedo resultar antipático, interesado, egoísta y odioso. Puede parecer que voy a la mía, que carezco de las más elementales habilidades sociales, que huyo de la compañía de las personas. Podría incluso recluirme en mi apartamento y no volver a salir ni ver a nadie durante días.

Es fácil que provoque rechazo, malestar y desprecio en la gente. Es probable que no sea capaz de volver a mantener una relación con alguien. Puedo ser explosivo, borde, histriónico. Puedo caer en la más profunda de las tristezas y no salir de ella durante semanas. Puedo callar, chillar y vociferar a cualquiera; arrugar, romper y echar a perder cosas buenas; fanfarronear, molestar y después desaparecer.

Puedo entender que Rachel me dejara, que no soportara mi presencia, mi egoísmo y mis malos modos. Ella se mereció en todo momento ser adorada y respetada. Nunca hubo razón para no ser bueno con ella. Pero, por aquel entonces, yo ya procrastinaba. Nunca supe cómo hablarle, rara vez me sintió a su lado, apenas fui amable con ella. Pero no puedo dejar de necesitarla, de extrañar su presencia, de desear su compañía. Si pudiera contactar con ella le diría: "A pesar de todo, de ser como soy, de haberte tratado mal, de haberte echado de mi lado, te amo. Perdóname y vuelve conmigo". Eso le diría. Puede parecer una contradicción, entre lo que siento por ella y el trato que le dispensé, pero así es la vida de extraña. Ella está ahora a millones de kilómetros.


Ya no tengo casi tiempo que gastar y el poco que me queda, qué lástima, lo pasaré echándola de menos. No fue esto lo que quise para mí, pero a veces la vida te niega lo que quieres. Aunque sé que lo merezco por todo el mal que hice.

Ahora, Rachel estará con otro que la mime, que la lleve en volandas, que le diga lo que necesita oír a cada momento, que la abrace cuando lo necesite, que se quede a su lado callado cuando se encuentre mal. Si es así, si es eso lo que quiere, estoy seguro de una cosa: no estará junto a la persona que más la ama. Ojalá pudiera volver a verla, a escucharla, a sentirla. Quisiera poder pedir de nuevo su perdón, como tantas veces obtuve aun sin mérito. Y empezar otra vez. Si pudiera ser, cambiaría tantas cosas... Esta vez sí que sería distinto. Sé que ya no es posible, pero lo deseo.

Soy Deckard, otra vez.
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sábado, 14 de marzo de 2015

Procrastinación o cómo ser totalmente ineficaz a pesar de estar siempre ocupado

Cuando hablo de Oberón, tal vez pensaréis que la vida en esta luna está perfectamente organizada y controlada. Pudiera parecer que, al construir desde cero una nueva sociedad, como así ha sido en las colonias exteriores, es más fácil establecer un orden justo para todos y crecer siguiéndolo. Para reforzar esta percepción, argumentaríais que, al igual que las nuevas infraestructuras suelen ser más seguras y fiables, también lo deberían ser las nuevas instituciones que administran y gobiernan una población recién instalada. Intentaríais después convencerme de que las relaciones entre los grupos y entre las personas mismas, tendrían que ser fluidas y respetuosas, ya que un test psicológico determinó la idoneidad de todos y cada uno de los colonos durante un proceso selectivo previo. Quizá fuera así al principio. Pero actualmente nada queda de eso.  




La vida en las 
colonias exteriores ha servido para demostrar que una nueva sociedad adolece al cabo del tiempo de todos los defectos de las más maduras. Así es la especie humana. En el momento en que un individuo o grupo se erige en clase dirigente, aparecen las insidias, las luchas de poder, los abusos contra los más débiles y la corrupción. Las estructuras de gobierno que se crearon en Oberón, todas, sin excepción, están desde hace años dirigidas por ineptos, personas cuyo mayor mérito fue haber hecho algún favor a alguien poderoso. Y el más poderoso de todos, aquel que se hace llamar Goodfellow, es quien decide los nombramientos de los dirigentes. Y más que eso, él lo decide todo: quién trabajará la próxima semana y quién no, cuánto van a cobrar los trabajadores, quién cumple o no la ley, incluso qué leyes están en vigor. No es jefe de estado, ni primer ministro, ni legislador, ni juez, ni siquiera alcalde. No le hace falta, pues en estos puestos tiene colocada gente fiel. Desde hace años, dirige las colonias con mano de hierro desde su puesto: director de las explotaciones mineras.

En esta cadena de favores y fidelidades, toda la jerarquía política sabe que quien manda es Goodfellow. Cada cual conoce porqué está en su puesto y, lo más importante, qué tiene que hacer para permanecer en él: únicamente seguir las instrucciones. El resto de obligaciones que conlleva el cargo, cuando no sea una orden expresa de un superior, sencillamente no se lleva a cabo. Así ha sido cómo se ha instalado en esta sociedad la procrastinación: esa lacra que bloquea y paraliza una organización; que le impide avanzar y prosperar, aunque cada uno de sus miembros se mantenga atareado todo el tiempo.

Hace muchos años que se dejaron de cumplir las más elementales obligaciones para con las personas, como el mantenimiento de los servicios públicos o las ayudas sociales. Cada uno en su puesto y a su nivel evita 
las funciones propias de su cargo; obligaciones complicadas e incómodas, pero imprescindibles para el bienestar de la sociedad. Mientras tanto, se emplea el tiempo en multitud de tareas previsibles, sencillas e incluso agradables de realizar, muchas ordenadas por los superiores y otras inventadas, que ocupan todo el tiempo. Efectivamente, este mal tiene esa característica que lo hace difícil de corregir. Todos se encuentran tan ocupados que no tienen tiempo de dedicarse a otra cosa, llegando incluso al colapso. Y es precisamente la falta de tiempo la principal excusa que todos esgrimen por no llevar a cabo sus funciones. Este es a posteriori el consuelo general. Y es contagioso y crece de forma exponencial, capilarizándose a todos los niveles de la sociedad.

A mí también me ha pasado. Ves cómo los demás lo hacen y te sale sin darte cuenta. Una vez que procrastinas alguna de tus tareas importantes, por otras menos relevantes pero de alguna manera más satisfactorias y de cuya urgencia tú mismo te convences, ya no puedes parar. Llegas a confundir inmediatez con apremio, relegas lo importante al olvido y obvias el objetivo del proyecto que comenzaste. De este modo, cada individuo se mantiene ocupado, pero el grupo se torna completamente ineficaz. Tenemos así trabajadores saturados de trabajo en una organización inoperante. Y quienes pagan esta dejadez de funciones son siempre las personas a las que deberíamos servir.

Soy Deckard, otra vez.
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sábado, 14 de febrero de 2015

Sueños de un pasado diferente

Cada mañana me levanto más cansado que cuando me acosté. Me miro en el espejo y veo una cara arrugada y ojerosa que ya no reconozco. Salgo de casa y subo al tubular, el transporte subterráneo que me lleva hasta "La Factoría", la fábrica de procesamiento de tantalio más importante de Oberón. Allí es donde trabajo. Durante 12 tediosas horas, controlo si la producción sale en la cantidad y el tiempo previstos, medio en los conflictos, la mayoría de ellos personales, y vigilo las zonas sensibles de seguridad. Transcurrida la jornada, entro de nuevo en el tubular para volver a casa. Así son para mí los 6 días de la semana laboral.

Tras el trabajo, mis compañeros se quedan en la cantina. Yo ya no me puedo permitir esos afterworks; la medicación que tomo es incompatible con el alcohol. Si tuviera una recaída, si mis superiores sospecharan siquiera que estoy enfermo, perdería el trabajo inmediatamente. Tampoco puedo ir al médico, por el mismo motivo. Consigo las medicinas que diariamente tomo a un precio razonable en "El Inframundo". Suelo visitar ese lugar en mi día de descanso. Se trata de minas abandonadas donde se esconden los proscritos, los perseguidos por la ley, en su mayoría replicantes. Algunos de ellos, modelos programados para la atención médica, son quienes tratan mi enfermedad.



Sí, así es. Hace unos años los perseguía hasta aniquilarlos; los busco ahora porque necesito sus conocimientos. Preciso de sus remedios para paliar el insoportable dolor, para disimular ante mis conocidos y para poder aguantar una semana más, un mes más. Yo, que los he asesinado a decenas, vivo ahora gracias a sus atenciones. Y aún no les he perdido perdón por lo que hice a sus congéneres. No me atrevo a revelar lo que fui en otro tiempo.

Las drogas me mantienen vivo, en un duermevela febril, durante las horas que paso en mi casa, si así puedo llamar al cubículo de 12 metros cuadrados donde vivo. En la cama doy mil vueltas, mientras las imágenes del pasado, presumo que unas reales y otras imaginarias, vienen a mi mente y se van. En ellas me veo a mí mismo y me aborrezco. Me da vergüenza cómo me he comportado y lo que he llegado a ser. Descarto esas visiones e invento otro pasado diferente en el que vive un Deckard agradable con todos, que mira a los ojos de la gente, que ama y es amado. Y así, día a día, con el pensamiento, voy creando un nuevo pasado en el que hubiera sido feliz.


Soy Deckard, otra vez.
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jueves, 29 de enero de 2015

Si algo puede ir bien, irá bien

Quizá alguna vez nos fueron mal las cosas. Tal vez hubo un día en que algo se torció y no salió como esperamos. Seguramente tuvimos algún deseado sueño, cierto pretendido objetivo, que no alcanzamos a cumplir, transcurridos los años, a pesar de nuestro empeño. Así debió ocurrir, pues una sensación de fracaso comenzó a invadirnos desde aquel momento y condicionó todo lo que hicimos después, que fue ponernos mutuamente a prueba. Cada palabra y cada acción incompatible con las esperadas incrementó la frustración y la decepción que ya sentíamos.

No puede uno sentirse continuamente evaluado: al final, siempre existe alguna prueba que no se pasa, siempre se cae en algún desplante recriminable. No se puede vivir con miedo a fallar: la confianza en uno mismo y en el compañero se desvanece. Así ocurrió: un día, Rachel y yo nos sentimos frustrados. Fue en aquel momento cuando creí recordar que el reto ya se me había antojado imposible al principio y concluí que ya no merecía la pena el esfuerzo de seguir intentándolo; cuando sentí que nada funcionaba con Rachel, que no me daba lo que necesitaba, que su forma de tratarme no era la adecuada. Eché la culpa de todo aquello a las dificultades de la vida que nos tocó vivir, a su manera de ser e incluso al pesimista de Murphi. Pero en realidad fuimos nosotros, aquellos Rachel y Deckard que tanto se amaron, los culpables de nuestro propio fracaso.


Quizá ambos deberíamos haber hecho las cosas de forma diferente y con otra actitud: con más respeto y menos exigencias; con pensamiento positivo y sin temores; dando más importancia a lo que nos hacía feliz y menos a lo que nos separaba. Tal vez yo debería haber cambiado; pero entonces no sería Deckard, sería otra persona. Quizá no debería haber deseado que Rachel cambiara, por similar motivo. Todo podría haber sido diferente; o no. En cualquier caso, queda la duda.

Hoy he aprendido que, cuando se acomete una empresa, cualquiera que esta sea, siempre hay algo que va mal y algo que va bien. Y cuando hay cosas que salen bien, ya no puede hablarse de fracaso. La clave del éxito, estoy convencido de ello, es descartar lo malo y quedarse con lo bueno. Encontramos lo primero únicamente para valorar lo segundo. No podemos permitir que los fracasos nos tumben, y sí utilizarlos para que nos hagan más fuerte. Debemos cuidar la satisfacción que nos aportan las pequeñas victorias, hacerla crecer, para que sea capaz de vencer la decepción que sufrimos tras las derrotas. Y, de este modo, el camino emprendido será exitoso siempre, a pesar de los problemas. Porque, si hay algo que puede ir bien y nos empeñamos en conseguirlo, seguro que irá bien.

Soy Deckard, otra vez
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sábado, 10 de enero de 2015

El número 1 es el más solitario

Cuando una pareja comparte el mismo objetivo vital, sin duda ambos disfrutan de un vínculo poderoso capaz de relegar a minucias las diferencias. Pero, cuando esto no es así y cada uno persigue sus propios anhelos, es muy probable que, durante un tiempo, uno de los dos ceda en sus pretensiones amoldándose a las ideas del otro. Esto ocurre de manera imperceptible. Quien cede lo hace casi sin darse cuenta. Si reflexionara un poco, justificaría este abandono temporal de sus metas con cualquier excusa; por ejemplo, diría que cede y se sacrifica por amor. Sin embargo, más tarde o más temprano, se dará cuenta de que no es libre, deseará cumplir sus sueños y luchará por ellos. Y, finalmente, seguirá su propio camino. En realidad esto es válido para cualquier empresa. 


El fracaso de mi vida conyugal se explica en estos términos. A lo largo de mi vida he perseguido diferentes objetivos, que representaron aquello que deseé conseguir en cada momento, e hice lo posible por alcanzarlos. Con 30 años, llegué a L.A. con la ambición del ignorante. Quería comerme el mundo, ser el mejor, ganar mucho dinero y alcanzar la fama. No conseguí nada de eso y, frustrado, hice la vida imposible a los que rodeaban, incluida a mi esposa, que finalmente me dejó. Con 45 años abandoné la brigada y me planteé tener una vida tranquila alejada de los problemas. Sin embargo, no fui capaz de mantenerme al margen de toda aquella basura. Y tuve que huir, con Rachel. Mi vida cambió, pero yo insistía en perseguir una felicidad ficticia y superficial que no fue tal. Disfruté de una segunda oportunidad  y la desperdicié. Rachel también se marchó, cansada de mi desencanto y pesimismo. Ahora, que casi ha llegado mi final, estoy solo y ya no me quedan metas que alcanzar, salvo quizá la de dejar escritos estos pensamientos.

Esto es lo que me ha ocurrido siempre. En mis decisiones, cuando se trataba de acercarme a mis ridículas metas (dinero, reconocimiento, independencia...) he sido inflexible, sin importar cuánto podría esto alejar a mi compañera de sus propios deseos; y a mí, de ella. En esta convivencia conflictiva y angustiosa, es muy fácil encontrar motivos para pensar que todo ha sido un error y que es mejor estar solo. Pero Harry Nilsson ya sabía que el número 1 es el más solitario, mucho peor que el 2. Se lo habíamos oído cantar y no le hicimos caso.

¡Cuán importante es compartir un objetivo común, para mantener unida la pareja! Quizá lo he aprendido demasiado tarde.

Soy Deckard, otra vez. 
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sábado, 13 de diciembre de 2014

No hay límite para la necedad humana

Una famosa cita atribuida a un gran científico del siglo XX cuantifica de infinita la estupidez humana. Desde que la conocí siendo adolescente, tal aserción me ha dado motivos para pensar. Desde entonces, imagino la estupidez como una especie de energía que vaga por el espacio y es capaz de infectar, como un virus letal, a nuestra especie. Esta sería la causa de las trabas y limitaciones que pueden observarse cada vez con mayor frecuencia en el crecimiento intelectual de los seres humanos. Además, esta amenaza tiene la característica de infinita, como si dicho mal afectara de manera universal a todos los individuos, aunque a unos en mayor medida que a otros. Por mi parte, he intentado luchar contra esa enfermedad desde siempre; los viajes y la lectura han sido mi vacuna. Estoy seguro también de que ciertas personas padecen sin límite esta afección, sin ningún interés por encontrar un remedio. En realidad, se trata de necedad, lo que confiere una mayor gravedad, al sumarse a la ignorancia, propia de los estúpidos, la terquedad y obstinación de mantenerse en tal estado.


En mi experiencia he encontrado necios en todos los niveles de la sociedad. En L.A., he tratado por mi trabajo con personas humildes y completamente ignorantes. Unos pocos, sin interés alguno en aprender nada; muchos, en cambio, con aspiraciones por salir del pozo o con inquietudes por saber. Más tarde, al coincidir en Oberón con la clase más favorecida, he comprobado cómo la tendencia se invierte. Salvo una minoría culta pero discreta y respetuosa con los demás, independientemente de sus aptitudes, la gran mayoría mantiene una obstinación por demostrar cuán limitados son sus conocimientos y, al mismo tiempo, humillar a aquellos que han demostrado alguna iniciativa o que han brillado por algún logro.

Controlar, hasta el más mínimo detalle, el trabajo de los subordinados; obsesionarse en encontrar en el error una oportunidad para el descrédito de quien lo comete; enfadarse ante las decisiones, buenas o malas, por haber sido tomadas sin su supervisión; mentir y culpar a los demás antes que reconocer las propias limitaciones; todas estas prácticas son comunes a aquellos que, sin mérito alguno, han llegado a las más elevadas alturas del escalafón social o laboral y luchan por mantener sus prebendas cueste lo que cueste. Engreídos, que no confían en nadie, porque se creen en verdad superiores a los demás. Estúpidos, que odian que los demás aprendan y crezcan, ciegos a sus propias limitaciones. Necios, a los que incomoda estar cerca de personas brillantes y que prefieren rodearse de más necios.

He aprendido, a lo largo de los años, a identificarlos. Mucho más rápidamente que a un replicante. No necesito ningún test para que los cale. Y, enseguida, huyo de ellos. Porque, como dijo otro gran sabio, "De cuantas cosas me cansan, fácilmente me defiendo; pero no puedo guardarme de los peligros de un necio".

Soy Deckard, otra vez. 
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sábado, 29 de noviembre de 2014

Yo también he visto cosas increíbles.

Voy a escribir, mientras pueda, sobre los pasados cuatro años, los más recientes, que pueden ser los últimos. Como Roy, yo también crucé la puerta de Tannhäuser. Y estuve en el hombro de Oberón. He visto muchas cosas en mis viajes. Pero las más increíbles las he visto en la Tierra; las más bellas y también las más horribles.


Vi a una hembra de antílope amamantar a un cachorro de león. Y conocí a una madre que dejó morir de hambre a su bebé. Sé de un indigente que evitó el atropello del banquero que lo deshaució. Y presencié el apaleamiento hasta la muerte de un inocente por una turba descontrolada de gente. He visto a un hombre pagar al asesino de su hermano; y a una mujer suplicar a su vecino que no matara a su marido, justo la víspera del crimen. Cómo una mujer es condenada a prisión por comprar leche con una tarjeta bancaria que encontró en el suelo. Y cómo un político corrupto es absuelto gracias a un tecnicismo procesal. He recogido en mi ciudad a personas sin hogar muertas de frío el mismo día que el ayuntamiento pagaba la última factura de la nueva dársena para yates de lujo. He visto la felicidad en la cara de un niño de Zambia al reencontrarse con su perro perdido, a pesar de no tener nada que comer. Y también el arrepentimiento en la cara del asesino, muriendo sin tiempo para pedir perdón.

Todos son recuerdos de mi vida. Momentos, que han marcado los años que he vivido y que ahora siento como aguijones que han quedado enganchados en mi alma. Me libraré pronto de ellos. De momento, aquí los dejo escritos.

Soy Deckard, otra vez.
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